Donald Trump ha puesto en marcha la maquinaria macartista tan propia de los Estados Unidos. Ante la enorme magnitud de los efectos del coronavirus quiere salvar su pellejo electoral utilizando todos los procedimientos a su alcance. Nuevamente, en los Estados Unidos se recurre a la invención de un «enemigo imaginario», tal y como sucediera la década de los 50 del pasado siglo
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL
La magnitud de la de la tragedia pandémica en los Estados Unidos está siendo de tales dimensiones que el primer mandatario de la Casa Blanca que su catastrófica impericia en el manejo de la crisis está poniendo su reelección presidencial, en el próximo mes de noviembre, en la «cuerda floja».
Como ha sido usual en históricamente en los Estados Unidos, los políticos del establishment, cuando se encuentran en peligro sus poltronas gubernamentales, recurren sin el menor escrúpulo a la invención de un «enemigo imaginario», que está amenazando la seguridad de la nación entera.
Hace unas horas el presidente de los Estados Unidos Donald Trump afirmó que Pekín «está haciendo todo lo que puede para hacerle perder los próximos comicios presidenciales». Por si la «amenaza amarilla» resultara insuficiente, el político ultraconservador indicó, además, que los chinos quieren que su oponente demócrata Joe Biden gane las elecciones presidenciales, para de esa forma se «afloje la presión» comercial que el personalmente está ejerciendo sobre China.
Ni que decir tiene que el gobierno chino trató de interceptar este mensaje envenenado de Trump, declarando que «China no tiene ningún interés en interferir en los comicios estadounidenses .»
Como se podrá constatar, el «cóctel» resulta perfecto. Trump, en una combinación mágica, pone en la misma coctelera a su rival el candidato demócrata con el gobierno chino. Trata de matar dos pájaros de un tiro, y, encima, quedarse él con la escopeta.
No obstante, esta suerte de «trucos» en la política norteamericana no son nuevos. Han sido frecuentemente usados en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Políticos de la catadura de Nixon, Joe Mcarthy, o el propio Eisenhower y tantos otros, pusieron en práctica tácticas similares en la década de los años 40-50 del siglo pasado .
Para liberarse de las presiones ejercidas desde la izquierda, o por el movimiento sindical o por sectores progresistas de la intelectualidad y la cinematografía estadounidense, pusieron en marcha una gigantesca máquina de inventar y triturar comunistas. A través del cine, la Iglesia, la prensa en la televisión, los Servicios de Inteligencia y la Administración norteamericana convirtieron a los Estados Unidos en un nido de supuestas conspiraciones. Los comunistas estaban en todas partes. A través de Hollywood hicieron que el virus de la sospecha penetrara igualmente en el marco de la familia, con películas con títulos tales como «Me casé con un comunista». Había que estar alerta frente a propios y extraños, porque el malvado Stalin pretendía hacerse con los Estados Unidos. Todos aquellos que se atrevían a manifestar ideas o posiciones antigubernamentales, eran duramente estigmatizados con la acusación de estar «al servicio de Moscú».
Durante esa época, la furia macarthysta hizo estragos en la débil izquierda norteamericana. El Partido Comunista de ese país fue obligado a inscribirse ante la Administración como si se tratara de una organización «extranjera». Muchos de sus líderes y militantes fueron sañudamente perseguidos, y no pocos de ellos terminaron en las cárceles estadounidenses.
¿Se tragará, una vez más, el pueblo estadounidense el espantajo de la «conspiración comunista», ahora reconvertida en el «peligro amarillo»?
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