J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e. Capítulo Quinto El emancipador y su mono

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Capítulo Quinto El emancipador y su mono


El deber de los discípulos de Joseph Jacotot es simple. Hay que anunciar a todos, por todas partes y
en toda circunstancia, la buena nueva: se puede enseñar lo que se ignora. Por lo tanto, un padre de familia
pobre e ignorante puede emprender la instrucción de sus hijos. Hay que dar el principio de esta
instrucción: hay que aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto según este principio: todas
las inteligencias son iguales.
Hay que anunciarlo y prestarse a su comprobación: hablar al pobre, hacerle hablar de lo que es y de
lo que sabe; mostrarle como instruirá a su hijo; copiar la plegaria que el niño sabe de memoria; hacerle
aprender de memoria el primer libro de Telémaco del cual se le dará el volumen; prestarse a la demanda
de aquellos que quieren aprender del maestro de la enseñanza universal lo que éste ignora; tomar, al fin,
todos los medios para convencer al ignorante de su poder: un discípulo de Grenoble no podía convencer a
una mujer pobre y vieja que podía aprender a leer y a escribir. Le pagó para que le permitiera
demostrárselo. En cinco meses aprendió, y ahora es ella quien emancipa a sus nietos.89
Veamos lo que hay que hacer, sabiendo que el conocimiento de Telémaco o de cualquier cosa es en
sí mismo indiferente. No se trata de crear sabios. Se trata de levantar el ánimo de aquellos que se creen
inferiores en inteligencia, de sacarlos del pantano donde se estancan: no el de la ignorancia, sino el del
menosprecio de sí mismos, del menosprecio en sí de la criatura razonable. Se trata de hacer hombres
emancipados y emancipadores.
El método emancipador y el método social
No hay que poner a la enseñanza universal en los programas de los partidos reformadores ni a la
emancipación intelectual bajo las banderas de la sedición. Sólo un hombre puede emancipar a un hombre.
Sólo un individuo puede ser razonable y solamente a través de su propia razón. Hay cien maneras de
instruir, y también se aprende en la escuela de los atontadores; un profesor es una cosa, sin duda menos
manejable que un libro, pero nos lo podemos aprender, observarlo, imitarlo, analizarlo, recomponerlo,
experimentar lo que su persona ofrece. Siempre nos instruimos escuchando a un hombre hablar. Un
profesor no es ni más ni menos inteligente que otro hombre y presenta generalmente una gran cantidad de
hechos para la observación del buscador. Pero solamente existe una manera de emancipar. Y nunca
ningún partido ni ningún Gobierno, ningún ejército, ninguna escuela ni ninguna institución, emancipará a
persona alguna.
Esto no es una propuesta metafísica. La experiencia se realizó en Lovaina, bajo la protección de Su
Majestad el Rey de los Países Bajos. Se sabe que el soberano era ilustrado. Su hijo, el príncipe Frederick,
era un apasionado de la filosofía. Responsable de los ejércitos, los quería modernos e instruidos, al modo
prusiano. Se interesaba por Jacotot, sufría por la situación desgraciada en la que lo tenían las autoridades
académicas de Lovaina y quería hacer alguna cosa por él, al mismo tiempo que por el ejército holandés.
El ejército, en esa época, era un lugar privilegiado para ensayar ideas reformadoras y pedagogías nuevas.
Entonces el príncipe imaginó y convenció a su padre para crear en Lovaina una academia normal militar
y confiar a Jacotot la responsabilidad pedagógica.
89 Manuel populaire de la méthode Jacotot, por el Dr. Reter de Brigton, París, 1830, p. 3.
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Había ahí una buena intención pero también un regalo envenenado: Jacotot era un maestro, no un
jefe de institución. Su método servía para formar hombres emancipados, pero no instructores militares ni
servidores de no importa qué especialidad social. Entendámoslo bien: un hombre emancipado puede ser
tanto instructor militar como cerrajero o abogado. Pero una enseñanza universal no puede, sin
estropearse, especializarse en la producción de una categoría determinada de actores sociales –sobre todo
si estos actores sociales son instructores de un cuerpo–. La enseñanza universal pertenece a las familias y
lo mejor que podría hacer un soberano ilustrado para su propagación sería proteger con su autoridad la
libre circulación de la buena nueva. Un rey ilustrado puede sin duda alguna establecer dónde y cuándo
quiera la enseñanza universal, pero tal establecimiento no podría durar ya que el género humano
pertenece al viejo método. Sin duda se podía, para la gloria del soberano, intentar la experiencia.
Evidentemente falló, pero hay fracasos que instruyen. Sólo hacía falta una única garantía: la
concentración absoluta del poder, la limpieza de la escena social de todos sus intermediarios en favor de
un único par: el rey y el filósofo. Entonces, se tenía que hacer lo siguiente: en primer lugar, destituir a
todos los consejeros del viejo método, a la manera de los países civilizados, se entiende, es decir,
dándoles a todos una promoción; en segundo lugar, suprimir cualquier intermediario excepto aquellos
elegidos por el filósofo; en tercer lugar, dar todo el poder al filósofo: «Se haría lo que yo dijese, todo lo
que yo dijese, nada más que lo que yo dijese, y la responsabilidad recaería por completo sobre mí. No
pediría nada; al contrario, los intermediarios me preguntarían lo que hay que hacer y cómo hay que
hacerlo, para proponer el todo al soberano. No sería considerado como un funcionario al que se le paga,
sino como un filósofo al que se cree necesario consultar. En definitiva, el establecimiento de la enseñanza
universal sería considerado, por un momento, como el principal y el primer asunto de todos los del
Reino.»90
Estas son condiciones a las cuales ninguna monarquía civilizada puede acomodarse, sobre todo para
un fracaso garantizado. El rey, sin embarcó, quería mantener la experiencia y, como huésped agradecido,
Jacotot aceptó una prueba bastarda de cohabitación con una comisión militar de instrucción, en Lovaina,
bajo la autoridad del comandante del lugar. La escuela fue creada sobre estas bases en marzo de 1827 y
los alumnos, al principio confundidos al oír decir por un intérprete que su profesor no tenía nada que
enseñarles, debieron encontrar algún provecho, puesto que al finalizar el período reglamentario, pedían
por propia elección prolongar su estancia en la escuela para, a través del método universal, aprender
lenguas, historia, geografía, matemáticas, física, química, dibujo topográfico y fortificación. Pero el
maestro no podía sentirse satisfecho con esta enseñanza universal malgastada, ni con los conflictos
cotidianos con las autoridades académicas civiles y con la jerarquía militar. Precipitó con sus estallidos la
disolución de la escuela. Había obedecido al rey formando, con un método acelerado, a los instructores
militares. Pero tenía mejores cosas que hacer que fabricar subtenientes, especie que no faltará nunca en
ninguna sociedad. Por otra parte, advirtió solemnemente a sus alumnos: no debían militar para el
establecimiento de la enseñanza universal en el ejército. Pero tampoco debían olvidar que habían tenido
una aventura del espíritu un poco más amplia que la fabricación de oficiales subalternos: «Ustedes han
formado algunos subtenientes en unos meses, es verdad.
»Pero obstinarse en obtener resultados tan débiles como los de las escuelas europeas, tanto civiles
como militares, es estropear la enseñanza universal.
»Que la sociedad aproveche de vuestras experiencias y se satisfaga con ello, eso me gustará;
ustedes se volverán útiles para el Estado.
»Sin embargo no olviden nunca que han visto algunos resultados de un orden bastante más elevado
a aquellos que han obtenido y a los cuales serán reducidos.
»Aprovechen pues la emancipación intelectual para ustedes y sus hijos. Ayuden a los pobres.
»Si no limítense a hacer para su país subtenientes y ciudadanos académicos.
90 Mathématiques, p. 97.
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»Ya no me necesitan para avanzar en esa dirección.»91
Este discurso del Fundador a sus discípulos militares –tuvo algunos que le fueron fieles– figura en
el frontispicio del volumen Enseñanza universal. Matemáticas, obra en la que, según la costumbre
desesperante del maestro en cualquier materia, no existe ni una palabra de matemáticas. Nadie es un
discípulo de la enseñanza universal si no ha leído y comprendido, en esta obra, la historia de la escuela
normal de Lovaina, si no se ha convencido de esta opinión: la enseñanza universal no es y no puede ser
un método social. No puede extenderse en y por las instituciones de la sociedad. Sin duda los
emancipados son respetuosos con el orden social. Saben que es, en todo caso, menos malo que el
desorden. Pero es todo lo que le conceden, y ninguna institución puede satisfacerse con ese mínimo. A la
desigualdad no le basta con ser respetada, quiere ser creída y querida. Quiere ser explicada. Toda
institución es una explicación en acto de la sociedad, una puesta en escena de la desigualdad. Su principio
es y será siempre antitético al de un método basado en la opinión de la igualdad y en el rechazo de las
explicaciones. La enseñanza universal sólo puede dirigirse a los individuos, nunca a las sociedades. «Las
sociedades de hombres reunidas en naciones, desde los Lapones hasta los Patagones, necesitan para su
estabilidad una forma, un orden cualquiera. Los que se encargan del mantenimiento de este orden
necesario deben explicar y hacer explicar que este orden es el mejor de todos los órdenes e impedir toda
explicación contraria. Tal es el objetivo de las constituciones y de las leyes. Todo orden social, apoyado
sobre una explicación, excluye pues cualquier otra explicación y rechaza sobre todo el método de la
emancipación intelectual que está basado en la inutilidad e incluso en el peligro de toda explicación en la
enseñanza. El fundador mismo reconoció que el ciudadano de un Estado debía respetar el orden social del
que forma parte y la explicación de este orden; pero también estableció que la ley sólo pedía al ciudadano
acciones y palabras conformes al orden y no podía imponerle pensamientos, ni opiniones, ni creencias;
que el habitante de un país, antes de ser ciudadano, era hombre, que la familia era un santuario en el que
el padre es el arbitro supremo, y que en consecuencia era ahí, solamente ahí, donde la emancipación
intelectual podía sembrarse con provecho.»92 Afirmémoslo pues: la enseñanza universal no se
consolidará, no se establecerá en la sociedad. Pero no perecerá, porque es el método natural del espíritu
humano, el de todos los hombres que buscan por sí mismos su camino. Lo que los discípulos pueden
hacer por él, es anunciar a todos los individuos, a todos los padres y a todas las madres de familia, el
medio de enseñar lo que se ignora según el principio de la igualdad de las inteligencias.
La emancipación de los hombres y la instrucción del pueblo
Es necesario anunciarlo a todos. En primer lugar a los pobres, sin duda: no tienen otro medio de
instruirse si no pueden pagar a los explicadores asalariados o pasar largos años en los bancos de la
escuela. Y sobre todo, es sobre ellos sobre los que pesa masivamente el prejuicio de la desigualdad de las
inteligencias. Es a ellos a quienes hay que liberar de su posición humillada. La enseñanza universal es el
método de los pobres.
Pero no es un método de pobres. Es un método de hombres, es decir, de inventores. Quien lo
emplee, cualquiera que sea su ciencia y su rango, multiplicará sus poderes intelectuales. Por eso hay que
anunciarlo a los príncipes, a los Ministros y a los poderosos: no pueden instituir la enseñanza universal;
pero pueden aplicarla para instruir a sus hijos. Y pueden usar su prestigio social para anunciar
ampliamente la buena nueva. Así, el rey ilustrado de los Países Bajos hubiera hecho mejor enseñando a
sus hijos lo que ignoraba y apoyando con su voz la difusión de las ideas emancipadoras en las familias del
reino. Así el antiguo colega de Joseph Jacotot, el general La Fayette, podría anunciarlo al Presidente de
91 Ibid., p. 1-2.
92 Journal de philosophie panécastique, t. V, 1838, p. 1-12.
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los Estados Unidos, país nuevo sobre el cual no pesan siglos de atontamiento universitario.
Inmediatamente después de la revolución de julio de 1830, el fundador dejó Lovaina para ir a París a
indicar a los vencedores, liberales y progresivos, los medios para realizar sus buenos pensamientos
respecto al pueblo: el general La Fayette sólo tiene que extender la enseñanza universal en la guardia
nacional. Y Casimir Perier, antiguo entusiasta de la doctrina y futuro Primer Ministro, está ahora en
condiciones de anunciar ampliamente la buena nueva. El Señor Barthe, ministro de la Instrucción Pública
del Señor Lafñtte, consultó él mismo a Joseph Jacotot: –¿Qué hay que hacer para organizar la instrucción
que el Gobierno debe al pueblo y que se propone darle siguiendo los mejores métodos? –Nada –respondió
el fundador–, el Gobierno no debe la instrucción al pueblo por la sencilla razón qué no se debe a la gente
lo que puede tomar por ella misma. Ya que la instrucción es como la libertad: no se da, se toma. –
Entonces, ¿qué hay que hacer? –preguntó el ministro–. –Basta –le respondió–, anunciar que estoy en
París, en el hotel Corneille, donde recibo todos los días a los padres de familia pobres para indicarles los
medios para emancipar a sus hijos.
Hay que decírselo a todos aquellos que se preocupan por la ciencia o por el pueblo, o por los dos a
la vez. Los sabios también deben enterarse: tienen el medio de duplicar su potencia intelectual. Sólo se
creen capaces de enseñar lo que saben. Nosotros conocemos esta lógica social de la falsa modestia donde
eso a lo que se renuncia establece la solidez de lo que se anuncia. Pero los sabios –los que buscan de
verdad, no los que explican el saber de los otros– quieren tal vez algo un poco más nuevo y algo menos
convencional. Que se pongan a enseñar lo que ignoran, y quizá descubrirán poderes intelectuales
insospechados que los pondrán en la vía de nuevos descubrimientos.
Hay que decírselo a los republicanos que quieren un pueblo libre e igual y se imaginan que eso es
asunto de leyes y constituciones. Hay que decírselo a todos esos hombres de progreso, a los de corazón
generoso y a los de cerebro efervescente –inventores, filántropos y filomates, politécnicos y filotécnicos,
furieristas y sansimonianos– que recorren los países de Europa y los campos del saber en busca de
invenciones técnicas, de mejoras agronómicas, de combinaciones económicas, de métodos pedagógicos,
de instituciones morales, de revoluciones arquitectónicas, de procedimientos tipográficos, de
publicaciones enciclopédicas, etc., destinados a la mejora física, intelectual y moral de la clase más pobre
y la más numerosa: todos ellos pueden hacer mucho más por los pobres de lo que creen y con mucho
menos gasto. Gastan tiempo y dinero para experimentar y promover graneros de grano y fosas de
estiércol, abono y métodos de conservación, para mejorar los cultivos y enriquecer a los campesinos, para
limpiar la podredumbre de los patios de las granjas y los prejuicios en las cabezas rústicas. Hay algo
mucho más simple que todo eso: con un Telémaco desgastado, o incluso una pluma y el papel para
escribir una plegaria, pueden emancipar a los habitantes del campo, recordarles la conciencia de su poder
intelectual; y los propios campesinos se ocuparán de mejorar los cultivos y de la conservación de los
granos. El atontamiento no es una superstición inveterada, es el pavor ante la libertad; la rutina no es
ignorancia, es cobardía y orgullo de gentes que renuncian a su propia potencia por el único placer de
constatar la impotencia del vecino. Basta con emancipar. No se arruinen en publicaciones para inundar a
los abogados, a los notarios y a los farmacéuticos de las subprefecturas con recopilaciones enciclopédicas
destinadas a enseñar a los habitantes del campo los medios más sanos para conservar los huevos, marcar a
las ovejas, acelerar la madurez del melón, salar la mantequilla, desinfectar el agua, fabricar azúcar de
remolacha y hacer cerveza con vainas de guisantes verdes. Muéstrenles más bien cómo hacer repetir a sus
hijos Calipso, Calipso, Calipso no podía… y ya verán lo que serán capaces de hacer.
Tal es la única oportunidad, la oportunidad única de emancipación intelectual: cada ciudadano es
también un hombre que hace obra, de la pluma, del buril o de cualquier otra herramienta. Cada inferior
superior es también un igual que explica y hace explicar a otro lo que ha visto. Siempre es posible jugar
con esta relación de sí hacia sí y llevar al hombre social a su primera verdad para despertar en él al
hombre razonable. Sólo el que no pretende introducir el método de la enseñanza universal en los
mecanismos de la máquina social puede suscitar esta energía tan nueva que fascina a los amantes de la
libertad, esta potencia sin gravedad ni aglomeración que se propaga como el relámpago, por el contacto
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de dos polos. Solo el que abandonados mecanismos de la máquina social tiene la oportunidad de hacer
circular la energía eléctrica de la emancipación.
Solamente se dejará de lado a los atontados del Viejo y a los poderosos a la antigua usanza. Ellos ya
se inquietaban por las maleficios de la instrucción en los hijos del pueblo, imprudentemente arrancados de
su condición. Es lo que sucede si se habla de emancipación e igualdad de las inteligencias, si se dice
solamente que ¡marido y mujer tienen la misma inteligencia! ¡Un visitante preguntó al Señor Jacotot si las
mujeres en una situación de igualdad todavía serían bonitas! Privemos pues a estos atontados de
respuesta, dejémosles girar en su círculo académico nobiliario. Sabemos que eso es lo que define a la
visión atontadora del mundo: creer en la realidad de la desigualdad, imaginarse que los superiores en la
sociedad son efectivamente superiores, y creer que la sociedad estaría en peligro si se extendiese la idea,
sobre todo en las clases bajas, de que esta superioridad es exclusivamente una ficción acordada. De
hecho, sólo un emancipado puede oír sin turbación que el orden social es pura convención y obedecer
escrupulosamente a superiores de los que sabe que son iguales que él. Él sabe lo que puede esperar del
orden social y no provocará grandes trastornos. Los atontados no tienen nada que temer, pero ellos no lo
sabrán nunca.
Los hombres del progreso
Dejemos pues a los atontados en la conciencia débil de su genio. Pero, junto a ellos, no faltan
hombres de progreso que no deberían temer el trastorno de las viejas jerarquías intelectuales. Oímos a
hombres de progreso en sentido literal del término: hombres que avanzan, que no se ocupan del rango
social de quien afirmó tal o cual cosa sino que van a ver por ellos mismos si la cosa es verdadera; viajeros
que recorren Europa en busca de todos los procedimientos, métodos o instituciones dignos de ser
imitados; quienes cuando han oído hablar de alguna experiencia nueva, aquí o allí, se desplazan, van a ver
los hechos, intentan reproducir las experiencias; quienes no ven porqué habría que tardar seis años en
aprender una cosa, si han comprobado que se la puede aprender en dos; quienes piensan, sobre todo, que
saber no es nada en sí mismo y que hacer es todo, que las ciencias no están hechas para ser explicadas
sino para producir nuevos descubrimientos e invenciones útiles; quienes, cuando oyen hablar de
invenciones ventajosas, no se contentan con alabarlas o comentarlas, sino que ofrecen, si puede ser, su
fábrica o su tierra, sus capitales o su dedicación, para hacer el ensayo.
No faltan viajeros e innovadores de esta clase para interesarse, incluso para entusiasmarse, en la
idea de las aplicaciones posibles del método Jacotot. Pueden ser educadores en ruptura con el Viejo. Así
sucede con el profesor Durietz, nutrido desde su juventud de Locke y Condillac, de Helvetius y
Condorcet, y que pronto se lanzó al asalto del «edificio polvoriento de nuestras instituciones góticas».93
Profesor en la escuela central de Lille, había fundado, en la misma ciudad, un centro inspirado por los
principios de estos maestros. Víctima del «odio ideologívoro»*
que el Emperador dedicaba «a toda
institución que no encajaba con su objetivo de control universal», siempre decidido a deshacerse de los
métodos que proceden retrocediendo, fue a los Países Bajos para educar a los hijos del príncipe de
Hatzfeld, embajador de Prusia. Fue allí donde oyó hablar del método Jacotot, visitó el centro que un
antiguo politécnico, el Señor de Séprès, había fundado sobre estos principios, reconoció su conformidad
con los suyos, y decidió propagar el método por todas partes donde pudiera. Eso es lo que hizo durante
cinco años en San Petersburgo, en casa del Gran Mariscal Pasehoff, del príncipe Sherbretoff y de algunos
otros dignatarios amigos del progreso, antes de regresar a Francia, no sin propagar de paso la
93 Journal de philosophie panécastique, t. V, 1838, p. 277.

  • De las palabras ideología y voraz, el autor construye en francés el término «ideologivore» que
    traducimos por ideologívoro. [N.T.]
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    emancipación, tanto en Riga como en Odessa, en Alemania y en Italia. Ahora quiere «alzar el hacha sobre
    el árbol de las abstracciones» arrancando si se puede «hasta las fibras de sus últimas raíces».94
    Habló de sus proyectos con el Señor Ternaux, el ilustre fabricante de telas de Sedán y diputado de la
    extrema izquierda liberal. No se podía encontrar nada mejor, en cuanto a industrial ilustrado: Ferdinand
    Ternaux no se había conformado con hacer resurgir la fábrica quebrada de su padre y con hacerla
    prosperar a través de los desordenes de la Revolución y del Imperio. Quiso hacer obra útil para la
    industria nacional en general, favoreciendo la producción de cachemiras. Con este fin, reclutó a un
    orientalista dé la Biblioteca nacional y lo envió al Tíbet a buscar un rebaño de mil quinientas cabras para
    aclimatarlas en los Pirineos. Ardiente amigo de la libertad y de la Ilustración, quiso ver por sí mismo los
    resultados del método Jacotot. Convencido, prometió su apoyo, y, con su ayuda, Durietz se hizo fuerte
    para aniquilar a los «mercaderes de supinos y de gerundios» y demás «sátrapas del monopolio
    universitario».
    Ferdinand Ternaux no era el único fabricante que avanzaba de este modo, sin reparar en los
    obstáculos. En Mulhouse, la Sociedad Industrial, institución pionera debida al dinamismo filantrópico de
    los hermanos Dollfus, confió a su joven animador, el Doctor Penot, el cuidado de un curso de enseñanza
    universal para los obreros. En París, un fabricante más modesto, el tintorero Beauvisage, oyó hablar del
    método. Había sido obrero, se había formado completamente solo, y ahora quería extender sus negocios
    fundando una fábrica nueva en La Somme. Pero no quería separarse de sus hermanos de origen.
    Republicano y francmasón, soñaba con convertir a sus obreros en sus asociados. Este sueño, por
    desgracia, encuentra una realidad mucho más desagradable. En su fábrica, como en todas las otras, los
    obreros se envidian entre ellos y sólo se ponen de acuerdo contra el amo. Él querría darles la instrucción
    que destruyera en ellos al viejo hombre y permitiera así la realización de su ideal. Para eso se dirigió a los
    hermanos Ratier, discípulos entusiastas del método, uno de los cuales predica la emancipación todos los
    domingos en el Mercado de las Telas.
    Junto a los industriales, también están los militares de progreso, los oficiales ingenieros y,
    principalmente, los de artillería, guardianes de la tradición revolucionaria y politécnica. Es así como el
    teniente Schoelcher, hijo de un rico fabricante de porcelana y funcionario de ingeniería en Valenciennes,
    va regularmente a visitar a Joseph Jacotot que está allí temporalmente retirado. Un día le trajo a su
    hermano Víctor, que escribe en distintos Diarios, que ha visitado los Estados Unidos y que ha regresado
    indignado de que aún exista en el siglo XIX esta negación de la humanidad que se llama esclavitud.
    Pero el arquetipo de todos estos progresivos es seguramente el Señor Conde de Lasteyrie,
    septuagenario y Presidente, fundador o alma de la Sociedad de Fomento para la Industria Nacional, de la
    Sociedad de la Instrucción Elemental, de la Sociedad para la Enseñanza Mutua, de la Sociedad Central de
    Agronomía, de la Sociedad Filantrópica, de la Sociedad de los Métodos de Enseñanza, de la Sociedad de
    Vacunaciones, de la Sociedad Asiática, del Diario de Educación y de Instrucción y del Diario de los
    Conocimientos Usuales. No nos riamos, por favor, al imaginar a algún académico barrigudo, dormitando
    pacíficamente en todos esos sillones presidenciales. Al contrario, el Señor de Lasteyrie es conocido por
    no parar de moverse. En su juventud ya había visitado Inglaterra, Italia y Suiza para mejorar sus
    conocimientos en economía y mejorar la gestión de sus dominios. Partidario inicialmente de la
    Revolución, como su cuñado el marqués de La Fayette, tuvo sin embargo que esconderse en España hacia
    el año III. Allí había aprendido la lengua, lo suficiente para traducir diversas obras anticlericales, había
    estudiado las ovejas de raza merina, lo suficiente para publicar dos libros al respecto, y había aprendido
    sus virtudes, lo suficiente para llevar a Francia un rebaño. También había recorrido Holanda, Dinamarca,
    Suecia –de donde se trajo el colinabo–, Noruega y Alemania. Se había ocupado del engorde de los
    ganados, de las fosas apropiadas para la conservación de los granos, del cultivo del algodonero, del
    glasto, del añil y de otros vegetales indicados para producir el color azul. En 1812 había conocido la
    invención de la litografía por Senefelder. Inmediatamente se fue para Munich, aprendió el método y creó
    en Francia la primera prensa litográfica.
    94 Ibid., p. 279.
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    Los poderes pedagógicos de esta nueva industria lo orientaron hacia las cuestiones de la instrucción.
    Entonces militó para conseguir la introducción de la enseñanza mutua a través del método de Lancaster.
    Pero no era nada excluyente. Entre otras sociedades, había fundado la Sociedad de los Métodos de
    Enseñanza para el estudio de todas las innovaciones pedagógicas. Informado por el rumor público de los
    milagros que se hacían en Bélgica, decidió ir él mismo para ver las cosas in situ.
    Siempre activo con setenta años –le quedaban aún veinte años para vivir, para escribir libros y para
    fundar sociedades y revistas con el objetivo de atacar el oscurantismo y promover la ciencia y la
    filosofía–, había tomado su coche de caballos, había visitado al Fundador, había visitado la institución de
    la señorita Marcellis, había puesto ejercicios de improvisaciones y redacciones a las alumnas y había
    comprobado que escribían tan bien como él. La opinión de la igualdad de las inteligencias no le daba
    miedo. Veía ahí un gran estímulo para la adquisición de la ciencia y de la virtud, un gran golpe dado a
    esas aristocracias intelectuales bastante más funestas que cualquier poder material. Esperaba que se
    pudiera demostrar la exactitud. Entonces, pensaba, «desaparecerían las pretensiones de esos genios
    orgullosos que, creyéndose privilegiados por naturaleza, se creen Igualmente con el derecho de dominar a
    sus semejantes y de rebajarlos casi hasta el nivel de la bestia, con el fin de gozar en exclusiva de los dones
    materiales que distribuye la ciega fortuna y que ellos sólo saben conseguir aprovechándose de la
    ignorancia de los hombres».95 Volvió entonces para anunciarlo a la Sociedad de los Métodos: acababa de
    darse un paso inmenso en la civilización y en la felicidad de la especie humana. Era un método nuevo que
    la Sociedad debía examinar y que debiera ser recomendado primordialmente entre aquellos que estaban
    listos para acelerar los progresos de la instrucción del pueblo.
    De las ovejas y de los hombres
    El Señor Jacotot apreció el afán del Señor Conde. Pero inmediatamente se vio obligado a denunciar
    su distracción. Parecía algo extraño, en efecto, para quien aplaudía la idea de la emancipación intelectual,
    tener que ir a someterla a la aprobación de una Sociedad de los Métodos. ¿Qué es en realidad una
    Sociedad de los Métodos? Un areópago* de los espíritus superiores que quieren la instrucción de las
    familias y para ello pretenden seleccionar los mejores métodos. Esto supone obviamente que las familias
    son incapaces de seleccionarlos por sí mismas. Para ello sería necesario que ya estuvieran instruidas. En
    cuyo caso, no tendrían necesidad alguna de ser instruidas. En cuyo caso ya no haría falta la Sociedad, lo
    que es contradictorio con la hipótesis. «Es una trampa muy vieja la de estas sociedades sabias, de la que
    el mundo siempre fue y, probablemente, siempre será víctima. Se avisa al público que no se fatigue en
    analizar. La Revista se encarga de ver, la Sociedad se compromete a juzgar; y para darse un aire de
    importancia que impone respeto a los perezosos, no alaba ni censura nunca, ni demasiado ni demasiado
    poco. Eso anuncia poco espíritu para admirar con entusiasmo; pero, alabando o censurando con medida,
    además de crearse una reputación de imparcialidad, se sitúa sobre aquéllos a los que se juzga, se siente
    mejor que ellos, se ha desenredado con sagacidad lo bueno de lo mediocre y de lo malo. Se trata de una
    excelente explicación atontadora que no puede sino hacer fortuna. Por otra parte se invocan algunos
    pequeños axiomas con los cuales se llena de citas su discurso: no hay nada perfecto… Es necesario
    desconfiar de la exageración… Es el momento para sancionar… (…) Uno de los personajes toma la
    palabra y dice: Mis queridos amigos, hemos convenido entre nosotros que todos los buenos métodos
    serían puestos en nuestro crisol y que la nación francesa tendría confianza en el resultado que saldría de
    nuestro análisis. El pueblo de las provincias no puede tener sociedades como la nuestra para dirigirlo en
    95 Lasteyrie, Resume de la méthode de l’enseignement univer-sel d’aprés M. Jacotot, París,
    1829, p. XXVII-XXVIII.
  • Tribunal superior de la antigua Atenas. También es la forma de significar irónicamente a un
    grupo de personas a quienes se supone ocupadas en el gobierno de algún negocio. [N.T.]
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    sus juicios. Hay, por aquí y por allí, en las capitales de provincia, algunos pequeños crisoles; pero el
    mejor crisol, el crisol por excelencia, sólo se encuentra en París. Todos los buenos métodos se disputan el
    honor de haber sido depurados y verificados en vuestro crisol. Tan sólo uno tiene derecho a rebelarse;
    pero nosotros lo tenemos, el pasará por aquí como los otros. La inteligencia de los miembros de la
    Sociedad es el vasto laboratorio donde se hace el análisis legítimo de todos los métodos. En vano el
    Universal se debate contra nuestros reglamentos, nos dan el derecho a juzgarlo y lo juzgaremos.»96
    No creamos por eso que la Sociedad de los Métodos haya juzgado el método Jacotot con
    malevolencia. La Sociedad compartía las ideas progresivas de su Presidente y supo reconocer todo lo que
    era bueno en este método. Sin duda, algunas voces burlonas se elevaron en este areópago de profesores
    para denunciar esta maravillosa simplificación aportada al oficio de educador. Sin duda algunos espíritus
    siguieron escépticos ante los «detalles curiosos» que su «infatigable presidente» trajo de su viaje.
    También se hacían oír otras voces, las que denunciaban la puesta en escena del charlatán, las visitas
    cuidadosamente preparadas, las «improvisaciones» aprendidas de memoria, las redacciones «inéditas»
    copiadas de las obras del maestro, los libros que se abrían solos en el lugar exacto. Se reían también de
    este ignorante maestro de guitarra con el cual el alumno interpretó otra partitura distinta de la que él tenía
    delante de los ojos.97 Pero los miembros de la Sociedad de los Métodos no eran hombres que creyeran en
    ninguna palabra. El Señor Froussard, escéptico, fue a comprobar la comunicación del Señor de Lasteyrie
    y volvió convencido. El Señor Boutmy comprobó el entusiasmo del Señor Froussard, luego el Señor
    Baudoin comprobó el del Señor Boutmy. Todos volvieron convencidos. Pero precisamente volvieron
    igualmente convencidos del progreso eminente que representaba este nuevo método de enseñanza. No se
    preocuparon de anunciarlo a los pobres, de instruir a través de éste a sus hijos, ni de utilizarlo para
    enseñar lo que ellos ignoraban. Solicitaron que la Sociedad lo adoptara para la escuela ortomática que
    organizaba con el fin de demostrar con los hechos la excelencia de los nuevos métodos. La mayoría de la
    Sociedad y el mismo Señor de Lasteyrie se opusieron: la Sociedad no podía adoptar un método «con la
    exclusión de aquellos que se presentaban o se presentarían más tarde». Habría así «prescrito límites a la
    perfección» y destruido lo que era su fe filosófica y su razón de ser práctica: el perfeccionamiento
    progresivo de todos los buenos métodos pasados, presentes y futuros.98 La Sociedad rechazó esta
    exageración, pero, imperturbablemente serena y objetiva ante las burlas del Universal, asignó a la
    enseñanza del método Jacotot una sala de la escuela ortomática.
    Tal fue la incongruencia del Señor de Lasteyrie: antes no había tenido la idea de convocar una
    comisión sobre el valor de las ovejas merinas o de la litografía, de hacer un informe sobre la necesidad de
    importar la una y las otras. Las había importado él mismo para hacer la prueba por su propio uso. Pero
    cuando se trataba de la importación de la emancipación, lo había juzgado de forma diferente: para él era
    un asunto público que había que tratar en sociedad. Esta infeliz diferencia se basaba en una identificación
    desafortunada; había confundido al pueblo que debía instruir con un rebaño de ovejas. Los rebaños de
    ovejas no se conducen a sí mismos, y él pensó que pasaba lo mismo con los hombres: sin duda era
    necesario emanciparlos, pero esto correspondía hacerlo a los espíritus ilustrados y, para eso, debían poner
    en común sus ideas para encontrar los mejores métodos, los mejores instrumentos de emancipación.
    Emancipar para él quería decir poner luz en la oscuridad y pensó que el método Jacotot era un método de
    instrucción como los otros, un sistema de alumbrado de los espíritus que debe compararse con los otros,
    una invención ciertamente excelente pero de la misma naturaleza que todas esas que proponían, semana
    tras semana, un perfeccionamiento nuevo del perfeccionamiento de la instrucción del pueblo: el
    panlexígrafo de Bricaillé, la citolegia de Dupont, la estiquiotécnica de Montémont, la estereometría de
    Ottin, la tipografía de Painparé y Lupin, la taquigrafía de Coulon-Thévenot, la estenografía de Fayet, la
    caligrafía de Carstairs, el método polaco de Jazwinski, el método Gallienne, el método Lévi, los métodos
    de Sénocq, Coupe, Lacombe, Mesnager, Schlott, Alexis de Noailles y cientos de otros métodos de los
    cuales las obras y las memorias afluían a la oficina de la Sociedad. Por lo tanto, todo estaba dicho:
    96 Langue maternelle, p. 446 y 448.
    97 Cf. Remarques sur la méthode de M. Jacotot, Bruxelles, 1827 y L’Université protégée par
    Vánerie des disciples de Joseph Jacotot, París, y Londres, 1830.
    98 Journal d’éducation et d’instruction, IVe année, p. 81-83 y 264-266.
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    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    Sociedad, comisión, examen, informe, Revista, existen de buenos y de malos, es el momento de
    sancionar, nec probatis nec improbatis* y así hasta la consumación de los tiempos. Cuando se trataba de
    mejoras agrícolas e industriales, el Señor de Lasteyrie actuó a la manera de la enseñanza universal: vio,
    comparó, reflexionó, imitó, probó, corrigió por sí mismo. Pero cuando se trataba de anunciar la
    emancipación intelectual a los padrea de familia pobres e ignorantes, estuvo distraído, lo olvidó todo.
    Tradujo igualdad por PROGRESO y emancipación de los padres de familia pobres por INSTRUCCIÓN
    DEL PUEBLO. Y para ocuparse de estos seres de razón, de estas ontologías, necesitaba otros seres de
    razón, las corporaciones. Un hombre puede dirigir un rebaño de ovejas. Pero para el rebaño PUEBLO se
    necesita a un rebaño llamado SOCIEDAD CIENTÍFICA, UNIVERSIDAD, COMISIÓN, REVISTA, etc.,
    en resumen, el atontamiento, la vieja regla de la ficción social. La emancipación intelectual pretendía
    desviarla de su propia vía. Entonces ella la volvía a encontrar en su propio camino, erigida en tribunal
    encargado de escoger entre sus principios y sus prácticas lo que convenía o no convenía a las familias, y
    de juzgarlo en nombre del progreso, incluso en nombre de la emancipación del pueblo.
    El círculo de los progresivos
    No era una simple inconsecuencia causada por el cerebro agotado del Señor de Lasteyrie. Era la
    contradicción con la que se enfrenta la emancipación intelectual cuando se dirige a aquellos que quieren
    como ella la felicidad de los pobres, a los hombres de progreso. El oráculo del atontamiento había avisado
    correctamente al Fundador: «Hoy menos que nunca, puedes esperar éxitos. Se creen que están
    progresando y sus opiniones se establecen sólidamente sobre este pilar; me río de tus esfuerzos. No se
    moverán de ahí.»
    La contradicción es fácil de exponer, habíamos dicho: un hombre de progreso, es un hombre que
    avanza, que va a ver, que experimenta, que cambia su práctica, que comprueba su saber, y así sin final.
    Esa es la definición literal de la palabra progreso. Pero ahora, un hombre de progreso es también otra
    cosa: un hombre que piensa a partir de la opinión del progreso, que erige esta opinión al rango de
    explicación dominante del orden social.
    Sabemos, en efecto, que la explicación no es solamente el arma atontadora de los pedagogos sino el
    vínculo mismo del orden social. Quien dice orden dice distribución de rangos. La puesta en rangos
    supone explicación, ficción distribuidora y justificadora de una desigualdad que no tiene otra razón que su
    ser. Lo cotidiano del trabajo explicativo no es más que la calderilla de la explicación dominante que
    caracteriza una sociedad. Las guerras y las revoluciones, al cambiar la forma y los límites de los imperios,
    cambian la naturaleza de las explicaciones dominantes. Pero este cambio está circunscrito en estrechos
    límites. Sabemos, en efecto, que la explicación es el trabajo de la pereza. Le basta con introducir la
    desigualdad, y eso cuesta poco. La jerarquía más elemental es la del bien y del mal. La relación lógica
    más simple que puede servir para explicarla es la del antes y la del después. Con estos cuatro términos, el
    bien y el mal, el antes y el después, se tiene la matriz de todas las explicaciones. Esto era mejor antes,
    dicen los unos: el legislador o la divinidad habían organizado las cosas; los hombres eran frugales y
    felices; los jefes paternales y obedecidos; la fe de los antepasados respetada, las funciones bien
    distribuidas y los corazones unidos. Ahora las palabras se corrompen, las distinciones se enturbian, los
    rangos se confunden y el cariño a los pequeños se pierde igual que el respeto a los mayores. Intentemos
    pues conservar o revivificar aquello que, en nuestras distinciones, nos vincula aún al principio del bien.
    La felicidad es para mañana, responden los otros: el género humano era como un niño abandonado a los
    caprichos y a los terrores de su imaginación, mecido por los cuentos de nodrizas ignorantes, sometido a la
  • No probado no refutado. [N.T.]
    64
    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    fuerza brutal de los déspotas y a la superstición de los sacerdotes. Ahora los espíritus se iluminan, las
    costumbres se civilizan, la industria extiende sus beneficios, los hombres conocen sus derechos y la
    instrucción les revelará sus deberes con las ciencias. A partir de ahora, es la capacidad la que debe decidir
    los rangos sociales. Y es la instrucción quien la revelará y la desarrollará.
    Estamos en el momento en el que una explicación dominante está a punto de sucumbir a la fuerza
    conquistadora de la otra. Época de transición. Y es eso lo que explica la inconsecuencia de los hombres de
    progreso como el Señor Conde. Antes, cuando la Universidad chapurreaba Barbara, Celarent y
    Baralipton, se podía encontrar, junto a ella, nobles o médicos, burgueses o religiosos, que la dejaban decir
    y se ocupaban de otra cosa: hacían cortar y pulir vidrios o los pulían ellos mismos para realizar
    experimentos de óptica, se hacían reservar por los carniceros los ojos de los animales para estudiar su
    anatomía, se informaban entre ellos de sus descubrimientos y discutían sobre sus hipótesis. Así se
    efectuaban, en los poros de la vieja sociedad, los progresos, es decir, las actualizaciones de la capacidad
    humana de comprender y de hacer. El Señor Conde tiene aún un poco de aquellos nobles
    experimentadores. Pero, al paso, fue atrapado por la fuerza ascendente de la nueva explicación, de la
    nueva desigualación: el Progreso. Ahora ya no son los curiosos y los críticos los que mejoran tal o cual
    rama de las ciencias, tal o cual medio técnico. Es la sociedad la que se perfecciona, la que piensa su orden
    bajo el signo del perfeccionamiento. Es la sociedad la que progresa, y una sociedad sólo puede progresar
    socialmente, es decir, todos juntos y en orden. El Progreso es la nueva manera de decir la desigualdad.
    Pero esta manera de decir tiene una fuerza mucho más temible que la antigua. La antigua estaba
    continuamente obligada a actuar al revés de su principio. Era mejor antes, decía: cuanto más avanzamos,
    más vamos hacia la decadencia. Pero esta opinión dominante tiene el inconveniente de no ser aplicable en
    la práctica explicativa dominante, la de los pedagogos. Éstos, obviamente, debían suponer que el niño se
    acercaba a su perfección alejándose de su origen, creciendo y pasando, bajo su dirección, de su ignorancia
    a la ciencia de los pedagogos. Toda práctica pedagógica explica la desigualdad del saber como un mal
    reducible mediante una progresión indefinida hacia el bien. Toda pedagogía es espontáneamente
    progresista. Así se producía la discordancia entre la gran explicación y los pequeños explicadores. Ambos
    atontaban, pero en desorden. Y este desorden del atontamiento daba espacio para la emancipación.
    Estos tiempos están acabándose. En lo sucesivo la ficción dominante y lo cotidiano del
    atontamiento van en el mismo sentido. Y eso por una razón bien simple. El Progreso, es la ficción
    pedagógica erigida en ficción de toda la sociedad. El corazón de la ficción pedagógica es la
    representación de la desigualdad como retraso: la inferioridad se deja aprehender aquí en su inocencia; ni
    mentira ni violencia, la inferioridad no es más que un retraso que se constata para ponerse enseguida a
    colmarlo. Sin duda nunca se llegará hasta ahí: la misma naturaleza vela por ello, siempre habrá retraso,
    siempre desigualdad. Pero se puede así ejercer continuamente el privilegio de reducirla y hay en eso un
    doble beneficio.
    Las presuposiciones de los progresivos son la absolutización social de los presupuestos de la
    pedagogía: antes era el progreso a tientas, a ciegas, las palabras mejor o peor recogidas de la boca de las
    madres ó de las nodrizas no ilustradas, la adivinanza, las ideas falsas extraídas del primer contacto con el
    universo material. Ahora empieza una nueva etapa, aquella en la que el hombre-niño toma el camino recto
    de su madurez. El guía muestra el velo colocado sobre todas las cosas y comienza a elevarlo –como
    conviene, en orden, paso a paso, progresivamente–. «Hay que poner un cierto retraso en el progreso.»99
    Hacen falta métodos. Sin método, sin un buen método, el niño-hombre o el pueblo-niño es presa de las
    ficciones de infancia, de la rutina y de los prejuicios. Con el método, pone sus pies sobre los pasos de los
    que avanzan racionalmente, progresivamente. Se educan a su vez mediante una aproximación indefinida.
    Jamás el alumno alcanzará al maestro ni el pueblo a su élite ilustrada, pero la esperanza de alcanzarlos les
    hará avanzar por el buen camino, el de las explicaciones perfeccionadas. El siglo del Progreso es el de los
    explicadores triunfantes, el de la humanidad pedagogizada. La fuerza temible de este nuevo atontamiento
    está en que aún reproduce los planteamientos de los hombres de progreso a la antigua manera, está en que
    99 Journal de l’émancipation intellectuelle, t. IV, 1836-1837, p. 328.
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    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    ataca al antiguo atontamiento en términos susceptibles, a la menor distracción, de engañar y de hacer
    tropezar a la menor distracción a los espíritus que acaban de descubrir la emancipación. Es decir también
    que la victoria en marcha de los progresivos sobre el Viejo, es también la victoria del Viejo a través de su
    propia oposición, el triunfo absoluto de la desigualdad instituida, la racionalización ejemplar de esta
    institución. Y ahí está el fundamento sólido sobre el cual se eleva él poder perenne del Viejo. El Fundador
    intentó mostrarlo a los progresivos de buena fe: «Los explicadores de la industria y todo el mundo ya ha
    repetido: ¡vean el progreso de la civilización! El pueblo tiene necesidad de las artes y sólo se le vendía el
    latín con el cual no tiene nada que hacer. El pueblo va a diseñar y a construir máquinas, etc… Filósofos,
    tenéis razón y admiro vuestro celo bajo el imperio de un Gran Maestro que ya no os ayuda, extendido
    nacidamente sobre su trono de lenguas muertas. Admiro vuestra dedicación; vuestro objetivo filantrópico
    es seguramente más útil que el del Viejo. Pero ¿vuestros medios no son los suyos? ¿Vuestro método no es
    el suyo? ¿No teméis que se os acuse como a él de apoyar la supremacía de los maestros explicadores?»100
    La buena voluntad corre el riesgo entonces de convertirse en una circunstancia agravante. El Viejo sabe lo
    que quiere, el atontamiento, y obra en consecuencia. Los progresivos querrían liberar a los espíritus y
    promover las capacidades del pueblo. Pero lo que proponen es mejorar el atontamiento mejorando las
    explicaciones. Ahí está el círculo de los progresivos. Quieren arrancar a los espíritus de la vieja rutina, de
    la influencia de sacerdotes y de oscurantistas de toda clase. Y para eso, son necesarios métodos y
    explicaciones más racionales. Es necesario probarlos y compararlos por la vía de comisiones y de
    informes. Hay que emplear para la instrucción del pueblo a un personal cualificado y titulado, instruido
    en los nuevos métodos, y supervisado en su ejecución. Es necesario, sobre todo, evitar las
    improvisaciones de los incompetentes, no dejar a los espíritus formados por la casualidad o por la rutina,
    ignorantes de la explicaciones perfeccionadas y de los métodos progresivos, la posibilidad de abrir
    escuela y de enseñar en ella no importa qué y no importa cómo. Hay que evitar que las familias, lugares
    de la reproducción rutinaria y de la superstición empedernida, de saberes empíricos y de sentimientos mal
    inspirados, garanticen la instrucción de los niños. Para ello es necesario un sistema bien ordenado de
    instrucción pública. Hace falta una Universidad y un Gran Maestro. En vano se dirá que los Griegos y los
    Romanos no tenían ni Universidad ni Gran Maestro y que las cosas no iban tan mal. En el tiempo del
    progreso, los más ignorantes de los pueblos más atrasados sólo necesitaban una corta estancia en París
    para convencerse «que Anitos y Meletos indicaron, desde muy antiguo, la necesidad de una organización
    que regule: 1.° qué es necesario explicar, 2.° lo qué se explicará, 3.° cómo se explicará». Sin estas
    precauciones, observan que: «1.° que nuestros zapateros podrían poner enseñanza universal alrededor de
    la bota de sus carteles, como se hacía en Roma y Atenas, a falta de una organización previsora, 2.° que el
    sastre querrá explicar los pasos de su oficio, sin examen previo, como sucedía en Roma», y que así
    llegará lo que es necesario evitar por encima de todo: «que las viejas explicaciones se transmitan de época
    en época en detrimento de las explicaciones perfeccionadas».101
    El perfeccionamiento de la instrucción es así, en primer lugar, el perfeccionamiento de las bridas, o
    más aún el perfeccionamiento de la representación de la utilidad de las bridas. La revolución pedagógica
    permanente se convierte en el régimen normal bajo el cual la institución explicativa se racionaliza, se
    justifica, asegurando simultáneamente la perennidad del principio y de las instituciones del Viejo.
    Peleándose por los nuevos métodos, por la enseñanza mutua de Lancaster, los progresivos, en primer
    lugar, se batieron por mostrar la necesidad de tener las mejores bridas. «Ustedes saben que no queremos
    en absoluto a Lancaster y han adivinado el porqué. Sin embargo hemos terminado por dejarles a ustedes
    hacer su Lancasteriana. ¿Saben por qué? Porque la brida siempre está ahí. Nos gustaría más que estuviera
    en otras manos. Pero en fin, no es necesario desesperarse por nada allí donde existan bridas. Vuestra
    geometría aplicada tampoco es del gusto de uno, pero sin embargo ésta se aplica en las formas.»102 Se dejó
    hacer la Lancasteriana, pronto sin duda se dejará hacer la enseñanza industrial. Era una brida, buena como
    cualquier otra brida, menos por lo que podía proporcionar de instrucción que por lo que podía hacer creer
    de la ficción de la desigualdad. Era otra manipulación que solamente se opondría al Viejo para afirmar
    100 Mathématiques, p. 21-22.
    101 Ibid., p. 143.
    102 Ibid., p. 22.
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    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    mejor su principio, el principio de todas las manipulaciones. «Dábamos vueltas en torno al latín; el
    domador va a hacernos dar vueltas en torno a las máquinas (…) Si no tenemos cuidado con él, el
    atontamiento se va a hacer mayor en tanto que será menos sensible y más fácil de justificar.»103
    Sobre la cabeza del pueblo
    Vayamos más lejos: la enseñanza universal también puede convertirse en un «buen método»
    integrado a esta renovación del atontamiento; un método natural que respeta el desarrollo intelectual del
    niño procurando, al mismo tiempo, la mejor de las gimnasias para su espíritu; un método activo que le
    proporciona el hábito de razonar por sí mismo y de afrontar por sí solo las dificultades, que da seguridad
    en la palabra y sentido de las responsabilidades; una buena formación clásica, aprendiendo en la escuela
    la lengua de los grandes escritores y desdeñando la jerga de los gramáticos un método práctico y
    expeditivo, que quema las costosas e interminable etapas de los colegios para formar jóvenes ilustrados y
    activos, dispuestos a lanzarse en las carreras útiles al perfeccionamiento social. Quién puede lo más puede
    lo menos, y un método susceptible de enseñar lo que se ignora permite enseñar arriesgando lo que se
    sabe. Buenos maestros abren escuelas con su emblema, maestros probados como el Señor Durietz, como
    el joven Eugène Boutmy, como el Señor de Séprès, el antiguo politécnico que trasladó su institución de
    Amberes a París, y muchos otros en París, Rouen, Metz, Clermont-Ferrand, Poitiers, Lyon, Grenoble,
    Nantes, Marsella… Sin hablar de esas instituciones religiosas, y no obstante ilustradas, como el centro del
    Verbo encarnado donde el Señor Guillard, que hizo el viaje a Lovaina, imparte ahora una enseñanza
    fundada sobre el Conócete a ti mismo, como esos seminarios de Pamiers, de Senlis y de otros lugares,
    convertidos por el infatigable afán del discípulo Deshoulliéres. Estas instituciones –no hablamos, por
    supuesto, de las falsificaciones que proliferan– se recomiendan por la exactitud mediante la cual siguen
    los ejercicios del método: Calipso, Calipso, Calipso no podía…; y, después de eso, las improvisaciones,
    las redacciones, las comprobaciones, los sinónimos, etc.. En resumen, toda la enseñanza de Jacotot es
    respetada, excepto una o dos pequeñas cosas: no se enseña ahí lo que se ignora. Pero no es ignorante
    quien quiere, y no es culpa del Señor Boutmy si conoce con profundidad las lenguas antiguas, ni del
    Señor de Séprès si es matemático y de los más sólidos.
    Los folletos divulgativos no hablan tampoco de la igualdad de las inteligencias. Pero eso es, como
    se sabe, una opinión del Fundador. Y él mismo nos enseñó a separar rigurosamente las opiniones de los
    hechos y a fundar solamente sobre estos últimos cualquier demostración. Para qué, pues, hostigar a los
    espíritus es–cépticos o convencidos a medias por la condición brutal de esa opinión. Más vale ponerles
    ante los ojos los hechos, los resultados del método, para mostrarles la fuerza del principio. También se
    trata de que no se prostituya el nombre de Jacotot. Se habla más bien del método natural, método
    reconocido por las cabezas más celebres del pasado: Sócrates y Montaigne, Locke y Condillac. Y el
    propio maestro ¿no ha dicho que no existe método Jacotot, sino tan solo el método del alumno, el método
    natural del espíritu humano? ¿Para qué entonces enarbolar su nombre como un espantapájaros? Ya en
    1828, Durietz había avisado al Fundador: quería alzar el hacha sobre «el árbol de las abstracciones», pero
    no lo haría como los leñadores. Quería moverse lentamente y conseguir «algunos éxitos ostensibles» para
    preparar el triunfo del método. Quería ir hacia la emancipación intelectual a través de la enseñanza
    universal.104
    Pero la revolución triunfante de 1830 ofrecía a esta tentativa un teatro más ancho. En 1831, la
    oportunidad apareció a través del más moderno de los progresivos, el joven periodista Émile de Gerandin.
    103 Ibid., p. 21.
    104 Journal de philosophie panécastique, t. V, 1838, p. 279.
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    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    Tenía veintiséis años. Era nieto del marqués de Girardin el que había protegido al autor del Emilio.
    Bastardo, es cierto; pero se empezaban tiempos en los que ya nadie se avergonzaría por su nacimiento. Él
    apreciaba la nueva era y las nuevas fuerzas: el trabajo y la industria; la instrucción profesional y la
    economía doméstica; la opinión pública y la prensa. Se reía de los latinistas y de los pedantes. Se reía de
    los jóvenes ridículos a quienes las buenas familias de provincia enviaban a París para hacer derecho y
    cortejar a las jóvenes obreras coquetas. Quería élites activas, tierras fertilizadas por los últimos
    descubrimientos de la química, un pueblo instruido en todo lo que pudiera contribuir a su felicidad
    material e ilustrado sobre la balanza de los derechos, de los deberes y de los intereses que produce el
    equilibrio de las sociedades modernas. Quería que todo eso sucediera rápido, que la juventud se preparara
    a través de métodos rápidos para hacerse pronto útil a la comunidad, que los descubrimientos de los
    sabios y de los inventores penetraran inmediatamente en la vida de los talleres y de los hogares y hasta en
    los pueblos más remotos para generar ahí pensamientos nuevos. Quería un órgano para extender estas
    buenas nuevas sin demora. Existía el Diario de los conocimientos usuales del Señor de Lasteyrie. Pero
    este tipo de publicación era cara, por lo tanto, inevitablemente reservada al público que no tenía necesidad
    de ella. ¿Para qué popularizar la ciencia para los académicos y la economía doméstica para las mujeres de
    mundo? Él publicó el Diario de los conocimientos útiles, con una tirada de cien mil ejemplares y con una
    campaña gigantesca de suscripciones y de publicidad. Y fundó una nueva sociedad para apoyar el diario y
    prolongar su acción. La llamó simplemente: Sociedad Nacional para la Emancipación Intelectual.
    El principio de esta emancipación era simple. «Tanto a las constituciones como a los edificios,
    escribía, les hace falta un suelo firme y nivelado. La instrucción proporciona un nivel a las inteligencias,
    un suelo a las ideas (…) La instrucción de las masas pone en peligro a los gobiernos absolutos. Su
    ignorancia, por el contrario, pone en peligro a los gobiernos republicanos, puesto que los debates
    parlamentarios, para revelar a las masas sus derechos, no esperan a que puedan ejercerlos con
    discernimiento. Y cuando un pueblo conoce sus derechos sólo hay un medio de gobernarlo,
    instruyéndolo. Lo que es necesario, por lo tanto, para todo gobierno republicano, es un vasto sistema de
    enseñanza graduada, nacional y profesional, que lleve la luz al seno de la oscuridad de las masas, que
    reemplace todas las demarcaciones arbitrarias, que asigne a cada clase su rango, a cada hombre su
    lugar.»105
    Este orden nuevo era, por supuesto, el de la dignidad reconocida de la población trabajadora, el de
    su lugar preponderante en el orden social. La emancipación intelectual, era la inversión de la vieja
    jerarquía que estaba ligada al privilegio de la instrucción. Hasta ese momento, la instrucción había sido el
    monopolio de las clases dirigentes y había justificado su hegemonía, con la consecuencia bien conocida
    de que un hijo del pueblo instruido ya no quería la condición de sus padres. Había que invertir la lógica
    social del sistema. A partir de ahora la instrucción ya no sería un privilegio, es la falta de instrucción lo
    que sería una incapacidad. Era necesario, para obligar al pueblo a instruirse, que en 1840 todo hombre de
    veinte años que no supiese leer fuese declarado incapacitado civil. Era necesario que se le reservara
    obligatoriamente uno de estos primeros números del sorteo que condenaba al servicio militar a los
    jóvenes desafortunados. Esta obligación que se le hacía al pueblo era también una obligación que se
    contraía hacia él. Había que encontrar métodos expeditivos para enseñar a leer, antes de 1840, a toda la
    juventud francesa. Este fue el lema de la Sociedad nacional para la emancipación intelectual: «Viertan
    instrucción sobre la cabeza del pueblo, ustedes le deben este bautismo.»
    Sobre las fuentes bautismales estaba el secretario de la sociedad, un tal Eugène Boutmy que había
    roto con la Sociedad de los Métodos y que era admirador entusiasta de la enseñanza universal. En el
    primer número del Diario prometía indicar métodos expeditivos para la instrucción de las masas. Cumplió
    su palabra en un artículo titulado Enseñanza por sí mismo. El maestro debía leer en voz alta a Calipso y el
    alumno repetir Calipso, luego, separando bien las palabras, Calipso no, Calipso no podía, etc.. El método
    se llamaba enseñanza universal natural, en homenaje a la naturaleza que enseñaba por sí misma a los
    niños. Un honorable diputado, el Señor Víctor de Tracy, había instruido así a cuarenta campesinos de su
    municipio con el éxito suficiente para conseguir que le pudieran escribir una carta en la que le mostraban
    105 Journal des connaissance útiles, 3e année, 1833, p. 63.
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    su viva gratitud por haberles introducido en la vida intelectual. Que cada corresponsal del Diario hiciera
    lo mismo, y bien pronto la lepra de la ignorancia desaparecería completamente del cuerpo social.106
    La Sociedad, que deseaba animar a instituciones ejemplares, se interesó también por el centro del
    Señor de Séprès. Envió a sus comisarios para examinar este método autodidacta que enseñaba a los
    jóvenes a reflexionar, hablar y razonar según los hechos, siguiendo el método natural que ha sido siempre
    el de los grandes descubrimientos. La situación del centro de la calle de Monceau, en el barrio de París
    más famoso por su aire, por la salubridad de su alimentación, de su higiene y de su gimnasia, así como de
    sus sentimientos morales y religiosos, dejaba poco que desear. En definitiva, en tres años de enseñanza
    secundaria, al precio máximo de ochocientos francos al año, la Institución se comprometía a preparar a
    los alumnos para superar cualquier examen. Así un padre de familia podía prever exactamente el coste de
    la instrucción de su hijo y calcular su rentabilidad. A este precio la Sociedad confirió a la institución del
    Señor de Séprès el título de Instituto nacional
  • Como contrapartida, comprometía a los padres que
    enviaban ahí a sus hijos a leer con cuidado sus programas para determinar la carrera a la cual los
    destinarían. Conocida esa carrera, los comisarios de la Sociedad velarían para que la dirección de los
    estudios deseada por los padres fuera escrupulosamente seguida con el fin de que el alumno aprendiera
    todo lo que pudiera hacer que se distinguiese en su profesión y no aprendiera, sobre todo, nada
    superfluo.107 Por desgracia, los comisarios apenas tuvieron el tiempo necesario para realizar su
    colaboración con la obra del Instituto nacional. Una institución agrícola bretona, destinada a difundir los
    conocimientos agronómicos al mismo tiempo que a regenerar una parte de la juventud desocupada de las
    ciudades, fue el pozo financiero sin fondo donde se estrello la Sociedad Nacional para la Emancipación
    Intelectual. Al menos había sembrado para el futuro: «Era un buen diario el de los conocimientos útiles.
    Habíamos tomado vuestra palabra de emancipación intelectual y emancipábamos a nuestros abonados a
    fuerza de explicaciones. Esa emancipación no tiene peligro. Cuando un caballo está embridado y montado
    por un buen jinete, se sabe a dónde va. Él no sabe nada, pero se puede estar tranquilo; no se perderá por
    montes y valles.»108
    El triunfo del Viejo
    Así la enseñanza universal y la palabra misma de emancipación intelectual podían estar al servicio
    de los progresivos que trabajaban para el mayor beneficio del Viejo. La división del trabajo se realizaba
    de la siguiente manera: a los progresivos, los métodos y las patentes, las revistas y los diarios, que
    mantenían el amor a las explicaciones por el perfeccionamiento indefinido de su perfeccionamiento. Al
    Viejo, las instituciones y los exámenes, la gestión de los sólidos fundamentos de la institución explicativa,
    y el poder de la sanción social. «Por eso todas esas patentes de invenciones que se cruzan en el vacío del
    sistema explicador: explicaciones de lectura, escritura metamorfoseada, lenguas puestas al alcance de
    todos, cuadros sinópticos, métodos perfeccionados, etc., y tantas otras cosas bellas, copiadas en libros
    nuevos que contienen una nueva explicación de libros viejos; el todo recomendado a los explicado–res
    perfeccionados de nuestra época, quienes se burlan con razón los unos de los otros y de sus augurios.
    Jamás como hoy merecen tanta lástima los dueños de patentes. Son tan numerosos que apenas se puede
    encontrar a un escolar que no tenga su pequeña explicación perfeccionada; de modo que estarán muy
    pronto limitados a explicarse recíprocamente sus explicaciones respectivas (…) el Viejo se ríe de sus
    disputas, las provoca, nombra comisiones para juzgarlas; y, una vez las comisiones han aprobando todos
    los perfeccionamientos, no cede su viejo cetro a nadie. Divide y vencerás. El Viejo se reserva para él los
    106 Ibid., 2e année, n.° 2, 1er février 1832, p. 19-21.
  • Lycée national, un Centro de Educación Secundaria. [N.T.]
    107 Ibid., 3e année, p. 208-210.
    108 Journal de Vemancipation intellectuelle, IVe année, 1836-1837, p. 328.
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    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    colegios,*
    las universidades y los conservatorios; solamente otorga a los otros las patentes; les dice que ya
    es mucho y le creen.
    «El sistema explicativo, como el tiempo, se alimenta de sus propios hijos, a los que devora a
    medida que los produce; nace una explicación nueva, un perfeccionamiento nuevo, y muere
    inmediatamente para dejar sitio a otros miles (…).
    »Así se renovará el sistema explicativo, así se mantendrán los colegios de latín y las universidades
    de griego. Gritaremos, pero los colegios durarán. Nos burlaremos, pero los doctísimos y los clarísimos
    seguirán saludándose entre sí, sin reír, metidos en sus viejas ropas de ceremonia; el joven método
    industrial insultará a los científicos remilgados de su abuelo, y con todo los industriales emplearán
    siempre sus reglas y sus compases perfeccionados para construir el trono donde el viejo decadente reina
    sobre todos los talleres. En una palabra, los industriales harán cátedras explicativas mientras haya madera
    sobre la tierra.»109
    Así la victoria en marcha de los ilustrados sobre los oscurantistas trabajaba para renovar la más
    vieja causa defendida por los oscurantistas: la desigualdad de las inteligencias. De hecho, no había
    ninguna inconsistencia en esta división de roles. Lo que fundaba la distracción de los progresivos es la
    pasión que funda toda distracción, la opinión de la desigualdad. Un explicador progresista es, en primer
    lugar, un explicador, es decir, un defensor de la desigualdad. Es cierto que el orden social no obliga a
    nadie a creer en la desigualdad, que no impide a nadie anunciar la emancipación a los individuos y a las
    familias. Pero este simple anuncio –que nunca habrá bastantes gendarmes para impedirlo– es también el
    que encuentra la resistencia más impenetrable: la de la jerarquía intelectual que no tiene otro poder que la
    racionalización de la desigualdad. El progresismo es la forma moderna de este poder, purificado de toda
    mezcla con las formas materiales de la autoridad tradicional: los progresistas no tienen otro poder que
    esta ignorancia, que esta incapacidad del pueblo que funda su sacerdocio. ¿Cómo, sin abrir el abismo bajo
    sus pies, podrían decir a los hombres del pueblo que no los necesitan para ser hombres libres e instruidos
    de todo aquello que conviene a su dignidad de hombres? «Cada uno de estos pretendidos emancipadores
    tienen su rebaño de emancipados a los cuales ensilla, embrida y espolea.»110 También están todos unidos
    para rechazar al único método malo, el método funesto, es decir el método de la mala emancipación, el
    método –el antimétodo– Jacotot.
    Los que silencian este nombre propio saben lo que hacen. Pues es este nombre propio el que
    establece por sí solo toda la diferencia, el que pronuncia igualdad de las inteligencias y cava el abismo
    bajo los pasos de todos los dadores de instrucción y de felicidad al pueblo. Es importante que el nombre
    sea silenciado, que el anuncio no suceda. Y que al charlatán se le diga: «Por mucho que grites por escrito,
    los que no saben leer sólo pueden aprender de nosotros lo que tú has publicado, y seríamos bien tontos
    anunciándoles que no tienen necesidad de nuestras explicaciones. Si impartimos lecciones de lectura a
    algunos continuaremos utilizando todos los buenos métodos, pero jamás los que pudieran dar la idea de
    emancipación intelectual. Guardémonos de empezar por hacer leer plegarias, el niño que las aprende
    podría creer que las entendió por sí solo. Sobre todo, que no sepa nunca que el que sabe leer las plegarias
    puede aprender solo a leer todo lo demás (…) Guardémonos de pronunciar jamás estas palabras
    emancipadoras: aprender y relacionar.»111
    Sobre todo, lo que había que impedir era que los pobres supieran que podían instruirse a través de
    sus propias capacidades, que tenían capacidades –esas capacidades que ahora reemplazaban, en el orden
  • No significa el Colegio que entendemos en español. En francés Collége, que se le traduce por
    Colegio significa un centro estatal de enseñanza, ya puede ser de segundo grado o superior pero
    que están en ambos casos al margen, a nivel institucional, del instituto –le lycée– y de la
    universidad. [N.T.]
    109 Mathématiques, p. 191-192.
    110 Droit et philosophie panécastique, p. 342.
    111 Droit et phüosophie panécastique, p. 330-331.
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    social y político, a los antiguos títulos de nobleza–. Y lo mejor que se podía hacer para eso era instruirlos,
    es decir, darles la medida de su incapacidad. Por todas partes se abrían escuelas, en ninguna parte se
    quería anunciar la posibilidad de aprender sin maestro explicador. La emancipación intelectual había
    fundado su «política» sobre un principio: no intentar penetrar en las instituciones sociales, pasar por los
    individuos y las familias. Pero se estaba en un momento en el que esta separación, que era la oportunidad
    de la emancipación, iba a convertirse en caduca. Instituciones sociales, corporaciones intelectuales y
    partidos políticos iban ahora a llamar a las puertas de las familias y se dirigían a todos los individuos para
    hacer su instrucción. Hasta ese momento, la Universidad y su bachillerato no controlaban más que el
    acceso a algunas profesiones: algunos millares de abogados, de médicos y de universitarios. Todo el resto
    de las carreras sociales estaban abiertas a los que se habían formado a su manera. Por ejemplo, no era
    necesario haber hecho el bachillerato para ser politécnico. Pero, con el sistema de explicaciones
    perfeccionadas, se instauraba también el de los exámenes perfeccionados. Desde entonces, el Viejo, con
    la ayuda de perfeccionadores, censuraría cada vez más con sus exámenes la libertad de aprender de una
    forma distinta que por sus explicaciones y por la noble ascensión de sus grados. El examen
    perfeccionado, representación ejemplar de la omnisciencia del maestro y de la incapacidad del alumno
    para igualarlo, se desarrollaría en adelante como el poder inevitable de la desigualdad de las inteligencias
    sobre la vía de los que querrían caminar en la sociedad con su propio paso. La emancipación intelectual
    veía así inexorablemente como la perversión del antiguo orden se mantenía en los progresos de la
    máquina explicativa.
    La sociedad pedagogizada
    Todos conspiraban para eso, y tanto más cuanto con más ardor deseaban la República y la felicidad
    del pueblo. Los republicanos toman como principio la soberanía del pueblo, pero saben muy bien que el
    pueblo soberano no puede identificarse con la muchedumbre ignorante y dedicada a la simple defensa de
    sus intereses materiales. También saben muy bien que la república significa la igualdad de los derechos y
    de los deberes, pero que ella no puede decretar la igualdad de las inteligencias. Está claro, en efecto, que
    la inteligencia de un campesino atrasado no es la de un jefe republicano. Los unos piensan que esta
    desigualdad inevitable contribuye a la diferencia social tal como la variedad infinita de las hojas a la
    inagotable riqueza de la naturaleza. Tan solo hace falta que ella no impida a la inteligencia inferior
    comprender sus derechos y, sobre todo, sus deberes. Los otros piensan que el tiempo, poco a poco,
    progresivamente, atenuará esta deficiencia causada por siglos de opresión y oscuridad. En los dos casos,
    la causa de la igualdad –de la buena igualdad, de la igualdad no funesta– tiene el mismo requisito, la
    instrucción del pueblo: la instrucción de los ignorantes por los sabios, de los hombres hundidos en las
    preocupaciones materiales egoístas por los hombres altruistas, de los individuos encerrados en su
    particularismo por el orden universal de la razón y de los poderes públicos. Eso se llama la instrucción
    pública, es decir, la instrucción del pueblo empírico programada por los representantes del concepto
    soberano del pueblo.
    De esta forma, la Instrucción Pública es el brazo secular del progreso, el medio de igualar
    progresivamente la desigualdad, es decir, de desigualar indefinidamente la igualdad. Todo se juega
    siempre sobre un único principio, la desigualdad de las inteligencias. Admitido este principio, en buena
    lógica, sólo se puede deducir una consecuencia: el gobierno de la multitud estúpida por la casta
    inteligente. Los republicanos y todos los hombres de progresó sinceros sienten que su corazón se subleva
    ante esta consecuencia. Todo su esfuerzo consiste en acordar el principio rechazando la consecuencia. Así
    lo hace el elocuente autor del Libro del pueblo, el Señor de Lamennais. «Sin duda, reconoce
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    honestamente, los hombres no tienen facultades iguales.»112 ¿Pero el hombre del pueblo debe, como
    consecuencia, ser condenado a la obediencia pasiva, rebajado al rango del animal? No puede ser así:
    «Sublime atributo de la inteligencia, la soberanía de sí distingue al hombre de la bestia».113 Sin duda la
    repartición desigual de este sublime atributo pone en peligro la «ciudad de Dios» que el predicador invita
    al pueblo a edificar. Pero ésta sigue siendo posible si el pueblo sabe «usar con sabiduría» su derecho
    reconquistado. El medio al que no se le quita valor, el medio que usa con sabiduría su derecho, el medio
    de hacer la igualdad con la desigualdad, es la instrucción del pueblo, es decir, la recuperación
    interminable de su retraso.
    Tal es la lógica que entra en juego, la de la «reducción» de las desigualdades. Quien ha aceptado la
    ficción de la desigualdad de las inteligencias, quien ha rechazado la única igualdad que puede implicar el
    orden social, sólo puede correr de ficción en ficción y de ontología en corporación para conciliar pueblo
    soberano y pueblo atrasado, desigualdad de las inteligencias y reciprocidad de los derechos y de los
    deberes. La Instrucción Pública, la ficción social instituida de la desigualdad como retraso, es la hechicera
    que reconciliará a todos esos seres de razón. Lo hará extendiendo hasta el infinito el campo de sus
    explicaciones y el dejos exámenes que las controlarán. Con esta cuenta el Viejo ganará siempre, con las
    nuevas cátedras de los industriales y con la fe luminosa de los progresivos.
    Contra eso no hay nada más que hacer que repetirles siempre a estos hombres supuestamente
    sinceros que deben poner más atención: «Cambien esta forma, corten la brida, rompan, rompan todo
    pacto con el Viejo. Consideren que no es más estúpido que ustedes. Sueñen y díganme lo que piensan.»
    114
    Pero ¿cómo podrían entender la consecuencia? ¿Cómo entender que la misión de los luminosos no es
    iluminar a los oscurantistas? ¿Qué hombre de ciencia y de vocación aceptaría abandonar su luz y dejar la
    sal de la tierra sin sabor? Y ¿cómo las jóvenes plantas frágiles, los espíritus infantiles del pueblo, podrían
    crecer sin el beneficioso rocío de las explicaciones? ¿Quién podría comprender que el medio para que
    ellos se educasen en el orden intelectual no es aprender de los sabios lo que ignoran, sino enseñárselo a
    otros ignorantes? Un hombre puede con mucha dificultad entender este discurso, pero ninguna capacidad
    lo entenderá nunca. El mismo Joseph Jacotot no lo habría entendido nunca sin el azar que le hizo maestro
    ignorante. Sólo el azar es lo suficientemente fuerte para invertir la creencia instituida, encarnada, en la
    desigualdad.
    Bastaría con nada sin embargo. Bastaría que los amigos del pueblo, por un instante, detuvieran su
    atención sobre este punto de partida, sobre este primer principio que se resume en un axioma metafísico
    muy simple y muy antiguo: la naturaleza del todo no puede ser la misma que la de las partes. Lo que se le
    da de racionalidad a la sociedad, se le quita a los individuos que la componen. Y lo que ella niega a los
    individuos, la sociedad podrá tomarlo perfectamente para sí, pero nunca podrá devolvérselo a ellos. Se
    trata tanto de la razón como de la igualdad que le es sinónima. Es necesario elegir entre atribuirla a los
    individuos reales o a su reunión ficticia. Es necesario elegir entre hacer una sociedad desigual con
    hombres iguales o una sociedad igual con hombres desiguales. Quien tiene aprecio por la igualdad no
    debería vacilar: los individuos son seres reales y la sociedad una ficción. Es para los seres reales que la
    igualdad tiene valor, no para una ficción.
    Bastaría con aprender a ser hombres iguales en una sociedad desigual. Esto es lo que quiere decir
    emanciparse. Pero esta cosa tan simple es la más difícil de entender sobre todo después de que la nueva
    explicación, el progreso, mezcló inextricablemente la una con la otra, la igualdad y su contraria. La tarea
    a la que se dedican las capacidades y los corazones republicanos es hacer una sociedad igual con hombres
    desiguales, reducir indefinidamente la desigualdad. Pero el que ha tomado este camino sólo tiene un
    medio para llegar hasta el final, la pedagogización íntegra de la sociedad, es decir, la infantilización
    112 Le livre du peuple, París, 1838, p. 65, y Journal de la philosophie panécastique, t. V, 1838,
    p. 144.
    113 Citación aproximativa del Livre du peuple, p. 73, Journal de la philosophie panécastique,
    t. V. 1838 p. 145.
    114 Mathématiques, p. 22.
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    general de los individuos que la componen. Más tarde se llamará a eso formación continua, es decir,
    coextensividad de la institución explicativa y de la sociedad. La sociedad de los inferiores superiores será
    igual, habrá reducido sus desigualdades, cuando se haya transformado enteramente en la sociedad de los
    explicadores explicados.
    La singularidad, la locura de Joseph Jacotot, fue percibir esto: se estaba en el momento en el que la
    joven causa de la emancipación, la de la igualdad de los hombres, estaba transformándose en causa del
    progreso social. Y el progreso social era, en primer lugar, el progreso en la capacidad del orden social a
    ser reconocido como orden racional. Esta creencia no podía desarrollarse sino en detrimento del esfuerzo
    emancipador de los individuos razonables, al precio de la extinción de las virtualidades humanas que
    comportaba la idea de la igualdad. Una enorme maquinaria se ponía en marcha para promover la igualdad
    a través de la instrucción. Ahí estaba la igualdad representada, socializada, desigualizada, perfecta para
    ser perfeccionada, es decir, retrasada de comisión en comisión, de informe en informe, de reforma en
    reforma, hasta el final de los tiempos. Jacotot fue el único que pensó esta desaparición de la igualdad bajo
    el progreso, esta desaparición de la emancipación bajo la instrucción. Entendámoslo bien. Su siglo
    conoció un montón de declamadores antiprogresistas, y el espíritu del tiempo presente, el del progreso
    cansado, quiere que se le hagan homenajes por su lucidez. Quizá es demasiado honor: aquéllos
    simplemente aborrecían la igualdad. Aborrecían el progreso porque, como los progresistas, lo confundían
    con la igualdad. Jacotot fue el único igualitario que percibió la representación y la institucionalización del
    progreso como la renuncia a la aventura intelectual y moral de la igualdad, el único que percibió la
    instrucción pública como el trabajo de duelo de la emancipación. Un saber de este tipo genera una
    soledad espantosa. Jacotot asumió esa soledad. Rechazó toda traducción pedagógica y progresista de la
    igualdad emancipadora. Y dio paso a los discípulos que ocultaban su nombre bajo el letrero del «método
    natural»: nadie en Europa era lo bastante fuerte para llevar este nombre, el nombre de loco. El nombre
    Jacotot era el nombre propio de este saber a la vez desesperado e irónico de la igualdad de los seres
    razonables sepultada bajo la ficción del progreso.
    Los cuentos de la panecástica
    Tan solo quedaba mantener la diferencia unida a este nombre propio. Jacotot puso así las cosas en
    su sitio. Para los progresistas que venían a verlo, se reservaba una criba. Cuando se inflamaban ante él
    por la causa de la igualdad, decía suavemente: se puede enseñar lo que se ignora. La criba
    desgraciadamente funcionaba demasiado bien. Era como el dedo puesto sobre un muelle que siempre
    rebotar hacia atrás. La palabra, decían unánimemente, estaba mal elegida. Quedaban los discípulos entre
    los cuales una pequeña falange intentaba mantener la bandera frente a los profesores de la enseñanza
    universal «natural». Con éstos procedió a su manera, pacíficamente: los dividió en dos clases: los
    discípulos enseñadores o explicadores del «método Jacotot» que pretenden conducir a los alumnos de la
    enseñanza universal a la emancipación intelectual; los discípulos emancipadores que sólo instruyen bajo
    el presupuesto de la emancipación o incluso que no enseñaban nada en especial y se contentan con
    emancipar a los padres de familia mostrándoles cómo enseñar a sus hijos lo que ellos mismos ignoraban.
    Es evidente que él no tenía la balanza igualada: prefería «un emancipado ignorante, uno sólo, a cien
    millones de sabios instruidos por la enseñanza universal y no emancipados».115 Pero la palabra misma de
    emancipación se había vuelto ambigua. Después de la caída de la empresa Girardin, el Señor de Séprès
    retomó el título de La Emancipación para su Diario, generosamente abastecido por las mejores copias de
    los alumnos del Instituto nacional. Estaba vinculado a dicho diario una Sociedad para la Propagación de
    la Enseñanza Universal cuyo vicepresidente defendía elocuentemente la necesidad de maestros
    cualificados y la imposibilidad de los padres de familia pobres de ocuparse ellos mismos de la instrucción
    115 Journal de l’émancipation intellectuelle, t. III, 1835-1836, p. 276.
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    de sus hijos. Era necesario marcar la diferencia: el Diario de Jacotot, en el que sus dos hijos escribían bajo
    su dictado –su enfermedad le impedía escribir, estaba obligado a sostener una cabeza que ya no quería
    mantenerse derecha– tomó el título de Diario de Filosofía Panecástica. A su imagen, los fieles crearon
    una Sociedad de Filosofía Panecástica. Este nombre, nadie pretendería quitárselo.
    Sabemos lo que significaba: en cada manifestación intelectual está el todo de la inteligencia
    humana. El panecástico es un aficionado al discurso, como el astuto Sócrates y el ingenuo Fedro. Pero, a
    diferencia de los protagonistas de Platón, no conoce jerarquía entre los oradores ni entre los discursos. Lo
    que le interesa, por el contrario, es buscar su igualdad. De ningún discurso espera la verdad. La verdad se
    siente y no se dice. Proporciona una regla para la conducta del orador, pero esa regla nunca se manifestará
    en sus frases. El panecástico tampoco juzga la moralidad de los discursos. La moral que cuenta para él es
    la que preside al acto de hablar y escribir, la de la intención de comunicar, la del reconocimiento del otro
    como sujeto intelectual capaz de comprender lo que otro sujeto intelectual quiere decirle. El panecástico
    se interesa por todos los discursos, por todas las manifestaciones intelectuales, con un único fin: verificar
    que aplican la misma inteligencia, verificar la igualdad de las inteligencias traduciéndolas las unas en las
    otras.
    Eso suponía una relación inédita con los debates de la época. La batalla intelectual sobre el tema del
    pueblo y de su capacidad hacía furor: el Señor de Lamennais había publicado el Libro del pueblo. El
    Señor Lerminier, sansimoniano arrepentido y oráculo de la Revista de los dos mundos, había denunciado
    la inconsecuencia. A su vez, la Señora George Sand había levantado la bandera del pueblo y de su
    soberanía. El Diario de Filosofía Panecástica analizaba cada una de estas manifestaciones intelectuales.
    Cada una de ellas pretendía llevar el testimonio de la verdad a un campo político. Era un asunto que
    atañía al ciudadano, pero el panecástico no tenía nada que sacar de ahí. Lo que le interesaba en esta
    cascada de refutaciones, era el arte que los unos y los otros empleaban para expresar lo que querían decir.
    Mostraba cómo, al traducirse los unos a los otros, traducían otros mil poemas, otras mil aventuras del
    espíritu humano, desde las obras clásicas hasta el cuento de Barba Azul o hasta las obras de los
    proletarios que se repartían en la plaza Maubert. Esta búsqueda del arte no era un placer de docto. Era una
    filosofía, la única que el pueblo podía practicar. Las viejas filosofías decían la verdad y enseñaban la
    moral. Ellas suponían que era necesario ser muy sabio para eso. La panecástica, por su parte, no decía la
    verdad y no predicaba ninguna moral. Y era tan simple y tan fácil como el relato por cada uno de sus
    aventuras intelectuales. «Se trata de la historia de cada uno de nosotros (…) Cualquiera que sea vuestra
    especialidad, pastor o rey, podéis expresaros sobre el espíritu humano. La inteligencia se manifiesta en
    todos los oficios; se ve en todos los grados de la escala social (…) el padre y el hijo, ignorantes el uno y el
    otro, pueden hablarse de panecástica.»116
    El problema de los proletarios, excluidos de la sociedad oficial y de la representación política, no
    era diferente al de los sabios y al de los poderosos: como ellos, no podían llegar a ser hombres, en el
    pleno sentido de la palabra, si no era a condición de reconocer la igualdad. Pero la igualdad no se da ni se
    reivindica, se practica, se verifica. Y los proletarios sólo podían verificarla reconociendo la igualdad de la
    inteligencia de sus campeones y de sus adversarios. Sin duda, por ejemplo, estaban interesados por la
    libertad de prensa, atacada por las leyes de septiembre de 1835. Pero debían reconocer que el
    razonamiento de sus partidarios para establecerla no tenía ni mayor ni menor fuerza que la de sus
    adversarios para refutarla. Quiero, decían en resumen los unos, que se tenga la libertad de decir todo lo
    que se debe tener la libertad de decir. No quiero respondían en definitiva los otros, que se tenga la libertad
    de decir todo lo que no se debe tener la libertad de decir. Lo importante, la manifestación de la libertad,
    estaba en otra parte: en el arte igual que, para sostener estas posiciones antagónicas, los unos traducían de
    los otros; en el aprecio, nacido de esta comparación, por ese poder de la inteligencia que no deja de
    ejercerse en el seno de la sinrazón retórica; en el reconocimiento de lo que hablar puede querer decir para
    el que renuncia a la pretensión de tener razón y de decir la verdad al precio de la muerte del otro.
    116 Droit et philosophie panécastique, p. 214.
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    Apropiarse de este arte, conquistar esta razón, era eso lo que contaba para los proletarios. Hay que
    ser hombre antes de ser ciudadano. «Cualquier posición que pueda tomar como ciudadano en esta lucha,
    como panecástico, debe admirar el espíritu de sus adversarios. Un proletario, expulsado fuera de la clase
    de los electores, y con una razón más fuerte que la de los elegibles, no está obligado a ver como justo lo
    que siente como una usurpación ni está obligado a querer a los usurpadores. Pero debe estudiar el arte de
    los que le explican cómo se le despoja por su propio bien.»117
    No había nada más que hacer que persistir en indicar esta vía extravagante que consiste en
    identificar en cada frase, en cada acto, el lado de la igualdad. La igualdad no era un fin a alcanzar sino un
    punto de partida, una suposición que hay que mantener en toda circunstancia. Jamás la verdad hablaría
    por ella. Jamás la igualdad existiría mas que en su verificación y con la condición de verificarse siempre y
    en todas partes. Y no era esto un discurso para hacerle al pueblo, sino solo un ejemplo, o más bien varios
    ejemplos, para mostrar conversando. Era una moral del fracaso y de la distancia a mantener hasta el final
    con todo el que quisiese compartirlo: «Busquen la verdad y no la encontrarán, llamen a su puerta y no les
    abrirá, pero esta investigación les será útil para aprender a hacer (…) renuncien a beber de esta fuente,
    pero no dejen por ello de intentar beber ahí (…) Vengan y poetizaremos. ¡Viva la filosofía panecástica! Es
    una narradora que no acaba nunca sus cuentos. Se lanza al placer de la imaginación sin tener que rendir
    cuentas a la verdad. Ella solo ve a esta velada bajo los disfraces que la ocultan. Se contenta con ver estas
    máscaras, analizarlas, sin atormentarse por la cara que hay debajo. El Viejo no está nunca contento;
    levanta una máscara, se alegra, pero su alegría dura poco, pronto se da cuenta que la máscara que ha
    retirado cubre otra, y así hasta que se acaben los buscadores de verdades. El levantamiento de estas
    máscaras superpuestas es lo que se llama la historia de la filosofía. ¡Oh! ¡La bella historia! Me gustan más
    los cuentos de la panecástica.»118
    La tumba de la emancipación
    Así se acaba la Antología Póstuma de Filosofía Panecástica publicada en 1841 por los hijos de
    Joseph Jacotot, Víctor el médico y Fortuné el abogado. El Fundador había muerto el 7 de agosto de 1840.
    Sobre su tumba, en el cementerio de Père-Lachaise, los discípulos hicieron inscribir el credo de la
    emancipación intelectual: Creo que Dios creó el alma humana capaz de instruirse sola y sin maestro.
    Obviamente, esas cosas no se escriben, ni siquiera sobre el mármol de una tumba. Algunos meses más
    tarde, la inscripción fue profanada.
    La noticia de la profanación apareció en el Diario de la Emancipación Intelectual del que Fortuné y
    Víctor Jacotot habían retomado la llama. Pero no se substituye la voz de un solitario, aunque se haya
    sostenido su pluma durante varios lustros. De número en número, se ve cómo crecen en el Diario los
    informes que el Señor Devaureix, reconocido procurador judicial en el tribunal de Lyon, hacía de la
    actividad del Instituto del Verbo encarnado que el Señor Louis Guillard, nos acordamos de él, dirigía en
    Lyon según los principios que él mismo aprendió de su viaje a Lovaina: la enseñanza debía fundarse
    sobre el Conócete a ti mismo. Así, el examen de conciencia cotidiano practicado por las jóvenes almas del
    internado le daba la fuerza moral que coronaba el éxito de sus aprendizajes intelectuales.
    Los panecásticos puros y duros se resintieron, en el número de septiembre de 1842, a esta curiosa
    aplicación de la doctrina emancipadora. Pero ya no era tiempo de debatir. Dos meses después, el Diario
    de la Emancipación Intelectual entraba a su vez en el silencio.
    117 Droit et philosophie panécastique, p. 293.
    118 Mélanges posthumes, p. 349-351.
    75
    J a c q u e s R a n c i è r e , E l m a e s t r o i g n o r a n t e
    El Fundador ya lo había predicho: la enseñanza universal no crecerá. Sin embargo, había añadido:
    es verdad, pero no morirá.

https://www.eafit.edu.co/centro-integridad/guias-docentes/SiteAssets/El%20Maestro%20Ignorante.pdf

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