
¿Nos encontramos frente a una nueva crisis global originada en EEUU.?
El pasado miércoles, 2 de abril de 2025, Donald Trump lanzó una arrolladora ofensiva arancelaria que ha generado alarma internacional. Detrás los «discursos patrióticos» de uno y otro lado se esconde una compleja trama de intereses económicos que no se manifiestan en los medios de comunicación, pero que, a juicio de nuestro colaborador y autor de este artículo, Máximo Relti, merecería ser desentrañada.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El 2 de abril de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, proclamó lo que él mismo denominó como el “Día de la Libertad Económica” del país.
El pasado martes, la Casa Blanca anunció una ofensiva arancelaria sin precedentes: un arancel mínimo del 10% a todas las importaciones, acompañado de tarifas más altas para socios comerciales estratégicos.
La medida ha sido presentada como una defensa patriótica frente al “abuso comercial extranjero”, pero ha generado una tormenta política y económica a escala mundial. Entender qué hay detrás de estas decisiones requiere mirar más allá del discurso oficial.
¿QUÉ SON LOS ARANCELES Y QUÉ SIGNIFICAN PARA NOSOTROS?
En términos sencillos, un arancel es un impuesto que se aplica a un producto importado. Es decir, si un país impone un arancel del 20% sobre los coches fabricados en otro país, esos coches serán más caros al llegar a los concesionarios locales.
¿Cuál es, pues, la idea que hay detrás? Proteger la industria nacional frente a la competencia extranjera. Si los productos importados cuestan más, se supone que los consumidores optarán por los nacionales, dando impulso a las empresas locales.
La estrategia de Trump va más allá de la protección convencional. Al imponer tarifas a prácticamente todas las importaciones (y aranceles especialmente altos a países como China, la Unión Europea, México y Canadá), lo que ha iniciado es una guerra comercial. Este tipo de conflictos puede tener consecuencias amplias para toda la población, y no solo en términos económicos.
LA JUSTIFICACIÓN OFICIAL Y LO QUE NO SE DICE
Según Trump, estas medidas buscan establecer “tarifas recíprocas”: que los productos extranjeros paguen en EE.UU. lo mismo que paga un producto estadounidense cuando entra a esos países. En palabras del propio mandatario, se trata de una “declaración de independencia económica” para proteger a los trabajadores estadounidenses, promover la industria local y cortar de raíz lo que él considera décadas de “trato injusto”.
Pero más allá de la retórica, estas decisiones tienen beneficiarios y perjudicados claros. Y es ahí donde una lectura crítica resulta clave.
QUIÉN GANA Y QUIÉN PIERDE
El sector que más claramente se beneficia de estas medidas es el de ciertos capitalistas industriales estadounidenses. Empresarios dueños de fábricas de acero, automóviles o productos químicos ven en estos aranceles una oportunidad de oro para recuperar parte del mercado que habían perdido ante las importaciones baratas. La lógica es simple: si sus competidores extranjeros son penalizados con impuestos altos, ellos pueden subir sus precios sin perder competitividad.
Esta visión la sostiene, por ejemplo, Brian C., el trabajador de una fábrica de autopartes en Detroit, que fue invitado al acto de Trump de presentación de los aranceles.
“Después de años viendo cómo nuestras plantas cerraban, ahora por fin parece que nos están tomando en cuenta”, declaró.
Su testimonio refleja el sentir de una parte de los trabajadores industriales que han visto sus empleos peligrar por la deslocalización productiva.
Sin embargo, el panorama completo es más complejo. No todos los sectores empresariales aplauden la medida. Las grandes multinacionales, que dependen de cadenas de suministro internacionales, han reaccionado con preocupación. Empresas como Apple o Nike sufrieron caídas en bolsa tras el anuncio, y alertaron de que los aranceles podrían encarecer sus productos y desincentivar inversiones. La Asociación Nacional de Fabricantes de EE.UU. emitió un comunicado advirtiendo que estas políticas podrían “golpear a nuestras propias empresas y trabajadores más de lo que ayudarían”.
EL COSTO PARA LOS CONSUMIDORES
Una de las consecuencias más inmediatas para la población es el aumento de precios. Cuando se encarece la importación de productos (desde electrodomésticos hasta alimentos), ese sobrecoste suele trasladarse al consumidor. Se estima que estos nuevos aranceles podrían añadir un 2,5% extra a la inflación anual en Estados Unidos.
Además, industrias que dependen de componentes importados verán subir sus costes. Por ejemplo, se calcula que el precio de un automóvil ensamblado en EE.UU. pero con piezas extranjeras podría incrementarse entre 3.000 y 7.000 dólares. Esto afecta directamente a las familias trabajadoras, que no verán necesariamente un aumento en sus ingresos, pero sí en sus gastos.
UNA POLÍTICA CON IMPACTO GLOBAL
Las reacciones internacionales no se han hecho esperar. China anunció represalias arancelarias de igual intensidad, y la Unión Europea advirtió de que responderá si sus exportaciones se ven afectadas. Canadá y México también han activado mecanismos de respuesta. Esta cadena de medidas y contramedidas recuerda a episodios del pasado, como el proteccionismo de los años 30, que agravó la Gran Depresión.
El periodista económico James Miller escribió para la agencia Reuters que
“Trump está apostando a que el resto del mundo no se atreverá a responder con la misma fuerza. Pero ese cálculo puede costarle caro no solo a su economía, sino a la estabilidad global”.
¿Y LOS TRABAJADORES?
Aunque Trump ha presentado su política como una defensa del empleo estadounidense, los efectos reales sobre el mercado laboral son inciertos. Es cierto que algunas industrias pueden verse favorecidas y reactivar empleos; pero otras, especialmente las que dependen de exportaciones o insumos importados, podrían reducir plantilla o suspender inversiones.
De hecho, poco después del anuncio de los aranceles, la automotriz Stellantis anunció 900 despidos temporales debido a la interrupción de su cadena de suministro. Y sectores como el agrícola, que dependen fuertemente de mercados exteriores, temen nuevas barreras que afecten sus ventas.
En este contexto, las voces sindicales han estado divididas. Mientras algunos dirigentes aplauden la medida como una forma de “recuperar justicia comercial”, otros advierten que la solución no pasa por levantar muros, sino por mejorar las condiciones laborales y garantizar derechos en un contexto globalizado.
¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS DEL DISCURSO?
Desde una perspectiva crítica, marxista, este paquete arancelario puede leerse como una herramienta para reforzar los intereses de una fracción concreta del poder económico en EE.UU., envuelta en una narrativa nacionalista. En lugar de abordar de fondo los desequilibrios del modelo económico –que ha deslocalizado millones de empleos a países con mano de obra barata– se busca una solución que beneficia a determinados sectores capitalistas a costa de otros.
Y más grave aún: este tipo de políticas aviva tensiones entre países, alimenta el conflicto económico internacional y distrae la atención de los verdaderos responsables de la precarización: las propias élites económicas que buscan maximizar sus beneficios sin importar el impacto social.
La “guerra de los aranceles” no es, pues, solo un asunto de cifras o comercio. Es una expresión de la lucha por el poder económico en un mundo cada vez más desigual. Detrás de discursos patrióticos y promesas de prosperidad, se oculta una batalla entre distintos sectores del capital y una carga que, previsiblemente, caerá sobre los hombros de los trabajadores y consumidores, tanto en Estados Unidos como fuera de él.
No se trata, entonces, “del pueblo contra el extranjero”, sino una disputa entre sectores del capital estadounidense: por un lado, el capital industrial-nacional que apuesta por el proteccionismo; por otro, el capital financiero y transnacional, que necesita mercados abiertos para seguir maximizando beneficios. El Estado, lejos de ser neutral, toma partido y actúa como garante de los intereses de la fracción burguesa que ha logrado imponerse políticamente.
Esta «guerra de aranceles» es un síntoma de la incapacidad del sistema económico dominante para sostener un orden económico estable y, y sobre todo, equitativo. Es una muestra más de cómo el sistema genera competencia, desigualdad y conflicto permanente.
Solo una transformación radical del mismo, que supere esta lógica irrefrenable de la explotación y enfrentamiento, podría ofrecer una salida real a las mayorías trabajadoras de todo el planeta.