
En pleno «alto el fuego» asesinan a más de 400 civiles, entre los cuales hay un gran número de niños
Otra madrugada teñida de sangre en Gaza. Una vez más los inocentes civiles, entra ellos un gran número de niños, han pagado con sus vidas la barbarie militarista del Gobierno israelí, que rompió sin remordimientos el frágil alto el fuego que apenas se sostenía. Más de 400 asesinados y al menos 570 heridos son las cifras provisionales de una tragedia repetida, convertida en rutina macabra (…).
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REDACCIÓN CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Otra madrugada teñida de sangre en Gaza. Una vez más los inocentes civiles, entra ellos un gran número de niños, han pagado con sus vidas la barbarie militarista del Gobierno israelí, que rompió sin remordimientos el frágil alto el fuego que apenas se sostenía.
Más de 400 asesinados y al menos 570 heridos son las cifras provisionales de una tragedia repetida, convertida en rutina macabra bajo la impunidad de quienes apoyan y consienten estos actos criminales.
«Fuerza y Espada» es el nombre perverso elegido para esta operación mortal. Nada podría ser más obsceno. ¿Qué fuerza justifica el asesinato deliberado de 174 niños? ¿Qué espada puede limpiar la sangre derramada de 89 mujeres inocentes? Israel justifica su brutalidad alegando presuntas faltas por parte de Hamás, pero resulta evidente que son excusas huecas que ya nadie cree, ni siquiera aquellos que callan cobardemente desde la comunidad internacional.
El silencio cómplice del Gobierno de Estados Unidos, conocedor y aparentemente partícipe de esta masacre, es otro puñal clavado en el corazón de Palestina. Mientras la Autoridad Palestina reclama a gritos un mínimo de humanidad y justicia, las potencias occidentales siguen mirando hacia otro lado, incapaces o sin interés en poner freno a la escalada israelí, cuyo único propósito parece ser la destrucción sistemática y meticulosa de la población gazatí.
Este crimen anunciado no ocurrió por casualidad; fue planificado y decidido hace días, con frialdad quirúrgica por el ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, y bendecido por el cinismo internacional que permite y financia este exterminio lento pero constante. Ahora, cientos de cuerpos yacen en hospitales colapsados, mientras el mundo observa imágenes insoportables de dolor y desolación.
Cada cuerpo envuelto en sábanas ensangrentadas es una acusación directa contra aquellos que guardan silencio o justifican esta carnicería. Cada llanto desgarrado de una madre frente al cadáver de su hijo debería retumbar en la conciencia adormecida de una humanidad anestesiada por la propaganda y el engaño.
Israel rompe una y otra vez las promesas de paz mientras exige obediencia sumisa y silencio absoluto. Pero esta vez, no bastan las condenas vacías ni las declaraciones simbólicas. Es urgente exigir responsabilidades reales, romper con la complicidad económica, política y militar que sostiene estos actos criminales.
Gaza se desangra, sus calles nuevamente están llenas de escombros, sueños rotos y vidas perdidas. Frente a esta nueva masacre disfrazada de operación militar, solo queda la rabia contenida de quienes creemos que la justicia, tarde o temprano, deberá pasar factura a los verdugos y a sus cómplices. La impunidad no puede durar eternamente.