Las universidades de Santo Domingo en tiempos de la colonia

Las universidades de Santo Domingo en tiempos de la colonia

Convento de los Dominicos

Filiberto Cruz Sánchez

La conquista de las regiones americanas por parte de España acarreó muy pronto el reto de formar los recursos humanos para su efectiva administración. Asimismo España le concedió especial atención a la conquista espiritual de los pueblos originarios, mediante el establecimiento de instituciones religiosas y educativas en sus posesiones.

Mediante las bulas pontificias del 3 y 4 de marzo de 1493, que repartieron los nuevos territorios entre España y Portugal, los Reyes Católicos quedaron comprometidos en cristianizar a los aborígenes, para cuya misión enviaron un primer grupo de sacerdotes pertenecientes a diversas órdenes religiosas que vinieron en el segundo viaje de Colón, encabezados por el Vicario Apostólico Bernardo Boil, un fraile de mucha confianza de los monarcas españoles (1).

Las instituciones educativas más definidas y organizadas en los nuevos territorios fueron las fundadas por las órdenes religiosas. Juntos con Nicolás de Ovando en 1502 llegaron también varios monjes franciscanos, quienes iniciaron las labores por “cristianizar a los hijos de los caciques” (2) con el establecimiento, en 1505, de la primera escuela para niños, donde enseñaban gramática, latinidad y religión. Cuatro años después, arribaron los primeros frailes dominicos, muy destacados en la educación y en la defensa ardiente de los aborígenes.

Los dominicos establecieron su convento en Santo Domingo, a donde asistían cada año frailes y estudiantes de otros territorios americanos que vinieron amparados en la política de incentivos otorgados por la Corona. Más adelante arribarían los religiosos mercedarios y erigieron también su convento. Los conventos dominicos americanos fueron agrupados en una provincia religiosa llamada Santa Cruz de las Indias, con su sede principal en la isla Española.

La labor educativa de franciscanos y dominicos se vio reforzada con la emisión de dos Cédulas Reales, una en 1509 y otra en 1513, que ordenaban llevar a cabo la educación religiosa y enseñar a leer y escribir a los hijos de los caciques y españoles. Pero casi siempre la educación elemental dependía de particulares, en tanto que de la educación superior se encargarían, primero la universidad conventual, y más tarde, la universidad real, antecesoras de las actuales universidades privadas y estatales latinoamericanas.

Mediante bula papal se erigieron en agosto de 1511 las tres primeras diócesis americanas, una en Santo Domingo, otra en La Concepción de La Vega y una tercera con sede en la isla de Puerto Rico. Tres años después se designó en la diócesis de Santo Domingo “un maestreescuela, que de acuerdo a los usos de entonces era el encargado de la instrucción religiosa para laicos y servidores inferiores de la Iglesia” (3).

La orden de los dominicos sería la de mayor fama y prestigio de las que llegaron a la ciudad de Santo Domingo en los primeros años de la colonia. Era llamada también “orden de los predicadores” y “orden dominicana”. En una misa celebrada un domingo de diciembre de 1511, el padre dominico Antonio de Montesino leyó su histórico discurso ante la presencia del virrey Diego Colón y demás autoridades de la isla Española. En su sermón condenó enérgicamente el sistema de los colonos españoles que esclavizaba y exterminaba la población aborigen.

En el Convento construido por ellos funcionaría después un “Estudio General”, donde se creó en 1532 una cátedra de teología, la primera de América, circunstancia que elevó aún más su prestigio. El 28 de octubre de 1538, el centro de estudio de los dominicos sería elevado a la categoría de Universidad, mediante la Bula In Apostulatus Culmine, emitida por el Papa Pablo III, a petición de la orden dominicana. Tras la bula papal, otros colegios y seminarios hispanoamericanos se convirtieron en universidades, siendo la Santo Tomás de Aquino la primera universidad americana.

Siguiendo una costumbre entre las grandes universidades de Europa occidental, que apadrinaban el surgimiento de otras en diferentes lugares del viejo continente, en algunas colonias hispanoamericanas empezaron a surgir nuevas universidades, amparadas en los modelos de las universidades españolas de Salamanca y Alcalá de Henares. La de Salamanca es la Universidad más antigua de España y una de las cuatro más vieja de Europa. Su Estudio General, germen de la Universidad, fue instituido en el año 1218, siendo en aquel momento el más antiguo de España. Mediante bula papal del año 1255 fue elevada al rango de Universidad Pontificia. La de Alcalá de Henares fue fundada en 1499 por el Cardenal Cisneros. Ha cambiado de nombre y lugar en varias ocasiones. Desde 1970 se conoce con el nombre de Universidad Complutense de Madrid.

La segunda universidad más vieja de América se fundó también en Santo Domingo. En sus primeros años de existencia se conocía con el nombre de Centro o Colegio de Gorjón, en reconocimiento a Hernando de Gorjón, un hacendado residente en Azua que en el año de 1537 dejó un testimonio escrito donde decía que donaba “sus bienes para que con ellos se fundase y dotase a la ciudad de Santo Domingo de un Colegio General en dos cátedras en que se leyesen todas las ciencias y un hospital para pobres, con su iglesia, capilla y capellanes” (4).

El Colegio se construyó en 1540 (5) y diez años después fue autorizado a funcionar como Universidad, mediante Cédula Real del 19 de diciembre de 1550, emitida por el rey Carlos I, de España (6). Era de carácter edilicio o estatal porque sería el cabildo secular de Santo Domingo la institución que en dos ocasiones anteriores hizo la petición a la monarquía para su creación, primero como Colegio, luego como Universidad (7). En 1583 empezó a llamarse Universidad Santiago de la Paz. En 1603 se convirtió en Seminario Conciliar, por disposición del Concilio de Trento (8) y mandamiento real. Al igual que en la Santo Tomás, se enseñaba gramática, teología y artes.

Las tres universidades más viejas de América, la Santo Tomás, Santiago de la Paz y la de San Marcos, ésta última fundada en Lima el 12 de mayo de 1551, fueron concebidas y organizadas siguiendo distintos modelos. La primera siguió la tradición alcalaína; la segunda y la tercera, la tradición salmantina, la típica universidad de la contra reforma. En los años siguientes, las dos universidades españolas trazarán las rutas de las universidades hispanoamericanas. Salamanca fue el modelo más socorrido. El modelo salmantino hablaba de fiestas, vestimentas y ceremonias. Para financiar las recepciones que acostumbraban dispensar a las autoridades coloniales, se hizo costumbre otorgar títulos honoríficos a personas prominentes de la comunidad, quienes compensaban con dinero tan alta distinción.

El modelo salmantino, seguido por la Universidad de San Marcos, contaba con un claustro, donde participaban los estudiantes. En sus primeras décadas de existencia se registraron protestas estudiantiles como la de octubre de 1578, debido al aumento abusivo del costo de la vivienda, lo que obligó al virrey peruano a tasar los alquileres para evitar excesos. La protesta se debió también por el descuido de los encargados de la universidad que relegaron en el portero la responsabilidad de la admisión de los estudiantes.

Las demás universidades hispanoamericanas fueron fundadas después del Concilio de Trento, de 1564, fecha que da inicio a la verdadera contra reforma en el mundo católico occidental. Así, las nuevas universidades salmantinas tuvieron por metas garantizar la unidad religiosa y la lealtad a la corona española, mientras relegaron a un segundo plano la formación basada en la ciencia.

De acuerdo a la tradición de las universidades salmantinas, el gobierno estaba presidido por un Senado, el cual elegía al Rector. El Senado estaba compuesto por un rector, un maestrescuela, profesores con rango de doctor y tres bachilleres. El maestrescuela  o cancelario era una especie de vicerrector académico, que tenía autoridad para dar los grados; era designado por el virrey y representaba la autoridad papal.

En el caso de la Universidad de México, la cuarta más vieja de América, el cargo de rector se elegía por un año. Quedaban excluidos de participar en la elección los catedráticos en ejercicio, religiosos regulares, doctores en medicina, maestros en arte y menores de 30 años y los estudiantes, contrario a la tradición de las universidades europeas de la época. Los casos de empate eran definidos por el virrey de turno.

En cambio, en las universidades que seguían el modelo de organización alcalaíno, las cuestiones importantes se decidían en un claustro, donde participaban todos los doctores y maestros graduados de la institución. En la Universidad Santo Tomás de Aquino, el claustro formó su principal órgano de gobierno, más amplio y democrático que el Senado salmantino.

La Santo Tomás estaba organizada en tres niveles: a) Un nivel para estudiantes menores que conllevaba una formación para bachilleres, básicamente orientados en gramática y latinidad; b) Un nivel para estudiantes medios que alcanzaba una formación apoyada en el trivium y el cuatrivium (9) y que le permitía obtener el grado de licenciatura; c) estudiantes mayores, profesionales con el grado de doctor o maestro.

Por su fuente de aprobación y aval para cumplir su misión en Hispanoamérica, las universidades coloniales se dividieron en Real y Pontificia. La capacidad de los papas para establecer universidades en los nuevos territorios americanos estaba avalada en el Código de las Siete Partidas de Alfonso el Sabio en el siglo XIII (ver diccionario, pp. 1094-1095), que le daba a su segunda partida esa potestad de un modo expreso, junto al rey o al emperador. Por su parte, el “pase regio” era un requisito para que las bulas papales tuviesen vigencia en tierras conquistadas por los españoles.

La universidad pontificia era de carácter conventual, misionera; que siguió el modelo de organización alcalaíno, donde predomina el profesor y es la antecesora de las actuales universidades privadas, pues se sostenía de las rentas del convento, de las propinas y los derechos que pagaban los estudiantes por exámenes y grados. En cambio, la universidad real o imperial, es laica, salmantina, estatal; predominaba el estudiante y se sostenía de donaciones públicas y privadas. El municipio o cabildo tomaba la iniciativa para solicitar su aprobación o erección.

Con el correr de los años, la Universidad Santo Tomás de Aquino adquirió ambas características; primero fue conventual, pontificia y misionera durante los siglos XVI y XVII, pero luego, en 1747, el rey Fernando VI emitió una Real Cédula donde dejó establecido el carácter Real, estatal y laico de la Universidad Primada de América. En cambio, la Universidad Santiago de la Paz se inició estatal o municipal; en 1603 se convirtió en Seminario Conciliar, para reaparecer en el siglo XVIII como Universidad Jesuita. La orden de los jesuitas fue expulsada de Santo Domingo en 1767, acarreando la desaparición definitiva de su Universidad en los inicios del siglo XIX.

Las dos primeras universidades de América tienen una historia que refleja los vaivenes de la historia colonial dominicana, reflejo a su vez de la evolución social, política y económica de la metrópoli. Era frecuente la tirantez entre los administradores de las dos universidades de Santo Domingo en tiempos de la colonia. A veces las diputas se originaban por la captación y destino de los recursos que manejaban los cabildos, secular y eclesiástico, así como el Presidente de turno de la Real Audiencia, que siendo pro dominico, afectaba a las demás órdenes religiosas.

Otras veces surgieron disputas entre dominicos y jesuitas por el control de la Universidad Santiago de la Paz, que era dirigida por los regidores del cabildo secular, a quienes las autoridades eclesiásticas acusaron de haberse “lucrado, pillando el patrimonio de Gorjón y dejando a la Universidad desprovista de cátedras y alumnos” (10). La corrupción, las deudas acumuladas y la invasión del pirata inglés Francis Drake, que destruyó la ciudad y quemó los archivos de la Catedral, redujo a la Universidad “a poco más de una escuela elemental” (11) a finales del siglo XVI.

En cambio, la Santo Tomás de Aquino, que operaba en el convento de los dominicos, aún cuando era objetada por funcionarios regalistas por la ausencia del “pase regio” del Consejo de Indias, se mantenía firme e influyente durante los últimos años de los quinientos, recibiendo estudiantes clérigos y seglares provenientes de otras colonias americanas. Por el incendio del pirata Drake se perdió la copia de la bula papal que amparaba su fundación. Desde entonces, surgieron las dudas sobre la primacía americana de la Santo Tomás de Aquino.

Por gestiones del Arzobispo de Santo Domingo, Agustín Dávila y Padilla, el Colegio-Universidad Santiago de la Paz se transformó en Seminario Conciliar en 1603, amparado en dos cédulas que los reyes de España habían emitido, acogiendo así la creación de Seminarios para el clero en todos los obispados, que era una de las pautas establecidas en el célebre Concilio de Trento. Nuevamente volvió el forcejeo entre el cabido secular, los prelados y la Real Audiencia por el control del Seminario, que empezó a organizarse durante el férreo gobierno de Antonio Osorio, en una época de decadencia y marginalidad vivida en la Isla de Santo Domingo.

Acogiendo una solicitud de las autoridades edilicias, la Real Audiencia despojó a la Iglesia del control del Seminario en 1627, pero dos años después, el Consejo de Indias dejó sin efecto la medida y el Seminario volvió a ser dirigido por el gobierno eclesiástico de Santo Domingo. En los años siguientes se observan las frustradas iniciativas de las autoridades edilicias solicitándole al rey que diera licencia a la Compañía de Jesús para que ésta se estableciera en la isla y se encargara del Seminario, pensando que con su presencia disminuiría la creciente influencia dominica en la colonia.

Circunstancias adversas ocurridas en la isla a partir de 1650 impidieron la llegada de los jesuitas, entre ellas, las restricciones a nuevas fundaciones de casas religiosas dictadas por la monarquía, los obstáculos impuestos a los jesuitas desde la Real Audiencia y los informes que daban cuenta de que en la capital de la isla funcionaba, con sus altas y sus bajas, la universidad dominica que gozaba de cierta autonomía, que veía ampliar su oferta curricular, con la graduación en las nuevas ramas del arte, la teología, medicina, leyes y derecho canónigo.

Mediante Real Cédula del 26 de septiembre de 1701 se le concedió licencia a la Compañía de Jesús para la erección en Santo Domingo de un colegio religioso, el cual debía mantenerse con los bienes que dejó un hidalgo llamado Juan Jerónimo de Quezada “y que por ahora” se les den a los jesuitas “las casas que labraron, para el Colegio Seminario, con su renta, cátedras y cargas” (12). Esa concesión provisional reviviría el interés de la orden dominicana por la posesión de la segunda universidad más antigua de América, originando un “largo pleito entre los Padres Dominicos y los Padres Jesuitas de Santo Domingo por el control de la Universidad” (13).

En los inicios del siglo XVIII empezó a cambiar el panorama desolador que caracterizó la vida colonial dominicana durante el siglo anterior. El ascenso en España de la nueva monarquía de los Borbones y el auge extraordinario de la colonia francesa de Saint Domingue, contribuyeron a reactivar la vida social en el Santo Domingo español, “cuya capital se había convertido en poco más que en una ciudad universitaria”, recibiendo “nuevos contingentes de estudiantes de las vecinas colonias de Puerto Rico, Cuba y Venezuela, que venían atraídos por la universidad de los dominicos” (14).

Los jesuitas, por su parte, ya en posesión provisional del Seminario, empezaron sus labores educativas y muy pronto solicitaron el reconocimiento de nivel universitario a sus grados y que su centro docente fuera también reconocido como heredero de la vieja universidad Santiago de la Paz, al tiempo que “pretendieron negar la validez de los grados y títulos de la universidad dominica, en virtud de que no aparecía la bula que la erigió y por la falta del ‘pase regio’ para darle curso legal a dicha bula” (15).

Ante tal ofensiva, que pretendía darle a los jesuitas el monopolio de la educación, los dominicos respondieron solicitando la anexión del Seminario. Una Real Cédula del 17 de noviembre de 1709 otorgó a los dominicos la posesión de la universidad jesuita, pero el litigio entre ambas órdenes religiosas continuó por muchos años, hasta que un decreto del rey, emitido el 17 de febrero de 1747, puso fin a la disputa, cuando ordenó la erección en Santo Domingo de dos universidades, una de los dominicos y otra de los jesuitas, que funcionaba en la Casa de los Jesuitas, actual Panteón Nacional, ubicado en la calle Las Damas de la zona colonial. Al año siguiente, el Papa Benedicto XIV emitió también su breve In super eminenti a favor de la universidad jesuítica, y así vino a ocurrir que ambas universidades pudieron denominarse Real y Pontificia.

Los jesuitas lograron también que el rey traspasara a su favor el local del viejo Colegio Gorjón y que las autoridades de Santo Domingo pusieran a su cargo, en 1749, el Seminario Conciliar, que fue refundido con su Real y Pontificia Universidad Santiago de la Paz y Gorjón, como llamarían a su institución en los años siguientes.

“La Universidad Santiago de la Paz comenzó a laborar en su nueva etapa amparada por los Estatutos de la Universidad de Santa Fe de Bogotá, por pertenecer desde sus inicios a la provincia jesuítica de Nueva Granada. Más tarde, y más bien por denuncias de los dominicos, se aprobaron Estatutos propios en 1766, que no llegaron a adquirir vigencia legal por la expulsión de la Compañía de Jesús” (16), dispuesta por Real Cédula del 27 de febrero de 1767, que expulsó a los jesuitas de todas las colonias españolas de América. Con tan drástica medida, se extinguió la universidad jesuita, aunque años después hubo intentos por reorganizarla con el nuevo nombre de Colegio de San Fernando.

“De acuerdo con dichos Estatutos y los planes de estudios de la Compañía, predominó en la Universidad Santiago de la Paz el ratio studiorum jesuita, dentro de un sistema más bien autónomo de gobierno que perseguía, integrando los niveles de primaria y secundaria con los universitarios, crear una ideología y hábitos en el individuo, coherentes con un orden social que conciliara los intereses de la burguesía con la moral cristiana y el poder temporal de la Iglesia, todo bajo la omnipresente orientación tomista”(17).

Por su parte, la universidad dominica pudo establecer sus propios Estatutos en 1754, donde se introdujo la regla de que su rector debía ser un dominico elegido por un año, mientras el vicerrector representaba a los demás sectores y maestros universitarios. También había dos religiosos dominicos y dos doctores o maestros no dominicos como cancelarios. Todos esos funcionarios eran elegidos por el Claustro Mayor, que lo integraban todos los maestros y doctores, en tanto el cancelario, encargado del control académico de la institución, debía ser siempre un religioso dominico y no era electivo sino designado por el Capítulo Provincial de la orden, según se lee en los Estatutos de la Regia y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino publicados en 1801, año en que se produjo la incursión militar en Santo Domingo del líder de la revolución de Saint Domingue Toussaint Louverture, provocando la salida masiva de los españoles, incluyendo a todas las órdenes religiosas, circunstancia que acarreó también el cierre temporal de la universidad más vieja de América.

Citas:

(1).- Varios historiadores han escrito sobre esta primera misión religiosa en la isla Española. Véase al respecto: Américo Lugo, Historia de Santo Domingo, p. 279; Marrero Aristy, La República Dominicana, tomo I, pág. 23; Fray Cipriano de Utrera, Universidad Santiago de la Paz…, pp. 14-15; Tirso Mejía-Ricart, Historia de la Universidad Dominicana, pp. 29, 30 y 31; Lilliam de Brenes, Educación Superior en la Colonia, revista eme-eme, No. 84, pp. 25-48; José Luis Sáez, S. J., El quehacer de la iglesia dominicana…, pp. 21-24.

(2).- Mejía-Ricart, o.c., p. 31.

(3).- Ibídem, p. 33.

(4).- Emilio Rodríguez Demorizi: Cronología de la Real y Pontificia Universidad de Santo Domingo, 1538-1970, p. 20.

(5).- Estaba ubicado en la antigua calle de El Platero, actual calle Arzobispo Meriño, cerca del Malecón de la capital.

(6).- En realidad, fue firmada por la Emperatriz, la esposa del Emperador Carlos V, para los territorios europeos, o Carlos I, para España y sus colonias en América.

(7).- Mejía-Ricart, o.c., p. 40.

(8).- El Concilio de Trento una asamblea de la Iglesia católica celebrada en períodos discontinuos durante 25 sesiones, entre los años de 1545 y 1563. Se celebró en Trento, una ciudad del norte de la actual Italia. Según Manuel Arturo Peña Batlle, “la magna deliberación se hizo necesaria en vista del aumento que venían cobrando los movimientos de las religiones disidentes. Llegó un punto en que la Iglesia católica sintió con premura la necesidad de refutar a fondo la prédica de Lutero y de Calvino. Se estaba perdiendo mucho terreno y por fuerza se imponía una contra ofensiva eficaz. El Concilio restauró, hasta cierto punto, el poder de la Curia. Los Papas abandonaron su ‘política secular con que habían estado revolviendo hasta entonces a Italia y a toda Europa, y con toda confianza y sin reservas se apoyaron en España y correspondieron a la dedicación de ésta”. Historia de La Tortuga, pág. 22.

(9).- En la época medieval se había dividido la enseñanza en las escuelas en dos grupos de materias, uno llamado triuvium, que significaba tres caminos o rutas, donde se agrupaban la gramática, la lógica o la habilidad de razonar la relación entre los hechos y la retórica o la habilidad de la expresión sabia y efectiva; el segundo grupo, llamado cuatrivium, que significa cuatro caminos o rutas, se agrupaban la aritmética, la geometría, la astronomía y la música. Las cuatro vías agrupaban las llamadas artes liberales.

(10).- Utrera, Universidades…, pp. 41-43. Citado por Mejía-Ricart en: o.c., p. 47.

(11).- Mejía-Ricart, o.c., p. 48.

(12).- Rodríguez Demorizi, o.c., p. 31.

(13).- Ibídem, p. 32.

(14).- Mejía-Ricart, o.c., p. 54.

(15).- Ibídem.

(16).- Ibídem, pp. 60-61.

(17).- Ibídem.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *