Pedro Henriquéz Ureña: El extranjero

Literatura

Pedro Henriquéz Ureña: El extranjero

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 LISTINDIAIRO
Ciudad México
Foto: Fuente externa

El sábado 11 de mayo de 1946 es un día apacible en Buenos Aires. Hay sol y el Servicio Meteorológico Nacional anuncia temperaturas altas para la tarde. En el cuarto piso de la calle Ayacucho 890, en un edificio de estilo francés, tres mujeres almuerzan. Una de ellas tiene 20 años y se llamaba Sonia. La otra tiene 22 y se llama Natacha. Sonia y Natacha son hermanas y les deben los nombres a las heroínas de La guerra y la paz, de Tolstoi.

Esa mañana, la mujer llamada Sonia despertó con una premonición aterradora y corrió, alterada, hasta la habitación de su padre. Pero lo encontró durmiendo, sereno, y, por no despertarlo, no lo besó. Sacó un par de monedas de su chaleco para el viaje hasta el colegio y se fue. Al regresar a su casa, a mediodía, preguntó por él.

–¿Papá viene a almorzar?

–No, tiene que dar clases en La Plata –respondió Isabel, su madre.

Ahora es el almuerzo y, sobre una silla del comedor, la primera plana del diario La Nación anuncia que el escritor Eduardo Mallea ha sido invitado al XVIII Congreso Internacional de los Pen Clubs, que se reunirá en Estocolmo entre el 2 y el 6 de junio. Entonces suena el teléfono. Isabel, la madre, se levanta. Atiende. Vuelve a sentarse.

–¿Quién era? –pregunta Sonia.

–Un profesor. Quería el teléfono de la embajada, para hablar con el tío Max.

El tío Max es hermano del padre de Sonia y es, también, embajador de la República Dominicana en Argentina. Sonia suspira, aliviada. Entonces el teléfono vuelve a sonar. Isabel se levanta, ahora un poco molesta. Dice «Hola». Después escucha. Después, grita.

–Recuerdo ese grito. Lo recuerdo ahora –dice Sonia Henríquez Ureña de Hlitto, más de cincuenta años después–. Era mi tío Max. El llamado anterior había sido de un profesor que no quería ser él quien comunicara la noticia, y llamó pidiendo el teléfono de Max. Por Max nos enteramos de que papá había muerto.

Recuerda, fuma, mira por las ventanas una tarde de mayo del año 2002 en su casa de Buenos Aires, Sonia Henríquez Ureña de Hlitto, hermana de Natacha Henríquez Ureña, hija de Isabel Lombardo Toledano y de don Pedro Henríquez Ureña, el hombre que acababa de morir camino a su cátedra en un colegio de la ciudad de La Plata, a bordo de un tren que había salido de Constitución a las doce y quince de ese mediodía de sol.

***

Veintidós años antes, Pedro Henríquez Ureña, abogado, doctor en filosofía y letras, ensayista, filólogo, humanista, profesor, nacido el 29 de junio de 1884 en Santo Domingo, República Dominicana, hijo de la poetisa Salomé Ureña de Henríquez y del doctor Francisco Henríquez y Carvajal, llegaba al puerto de Buenos Aires un día de fines de junio de 1924. Tenía 40 años, y ningún motivo para pensar que iba a morirse en dos décadas. Traía una mujer diecinueve años menor, Isabel Lombardo Toledano, una mexicana soberbia, hija de una familia opulenta, a la que, un año antes, había hecho su esposa. En brazos, una criatura nacida el 26 de febrero de ese mismo año: Natacha, su primogénita. Gracias al profesor Rafael Alberto Arrieta, que a su pedido y por intermedio de otro argentino a quien Ureña había conocido en México –Arnaldo Orfila Reynal– había conseguido para él tres cátedras de castellano en el Colegio Nacional de La Plata, don Pedro llegaba a la Argentina con algún empleo.

Ya era hombre de peso. Además de ser profesor y conferencista –y de rechazar el antihispanismo y el imperialismo estadounidenses, y de soñar con una América unida–, había publicado sus libros Ensayos críticos, Horas de estudio, La versificación irregular en la poesía castellana, había escrito en diarios y revistas de varios países, participado de la reforma educativa en México y colaborado en la fundación de la Universidad Popular. Y no había abandonado todo eso a cambio de un puñado de horas de clases en un colegio secundario solo por gusto. Se había enemistado malamente con el político y escritor mexicano José Pepe Vasconcelos, su gran amigo hasta entonces, por problemas de política educativa, retorcijones de poder y un dinero invertido de a dos que el otro, decía Ureña, no reconocía. Y con Vasconcelos como enemigo y secretario de Educación en México, sus caminos en ese país estaban cerrados. Pensó que la Argentina era un lugar posible para hacerlo todo.

Traía pocas cosas. Algo de ropa, pocos libros, el recuerdo de un amigo, sí, fiel: el escritor mexicano Alfonso Reyes. Por lo demás, sabía andar ligero de equipaje, sabía de la levedad que exigen los destierros. Salomé, su madre, había muerto de tuberculosis cuando él tenía trece años. Desde entonces, todos los hermanos –Fran, Max, Pedro, Camila– quedaron al cuidado del padre que sería, desde 1916, presidente de la República. «Mi padre siempre estaba ocupado –escribiría Henríquez Ureña en sus Memorias– […] y veía con disgusto mi retraimiento y mi afición exclusivamente literaria que me hacía descuidar los estudios de ciencia. Por esa razón, mi vida fue haciéndose bastante triste, ensombrecida por el recuerdo de la muerte y por la poca aprobación que encontraban mis tendencias».

Sea como fuere, Pedro Henríquez Ureña levantó raíces un día de 1901 y nunca volvió a reposar en una sola tierra. De Santo Domingo viajó a Nueva York. Después, a Cuba, México, España, México otra vez. Volvería a Santo Domingo unos pocos días en 1911 y entre diciembre de 1931 y julio de 1933. Pero en 1924, el día que desembarcó en Buenos Aires, no tenía por qué pensar que algo podía salir mal.

Era joven como la tierra que pisaba y había mucho tiempo para volver a Santo Domingo, esa patria que conocía poco.

***

Los Ureña pasaron algunos días en Buenos Aires, en una pensión de la calle Bernardo de Irigoyen, a pocas cuadras de la estación de trenes de Constitución, pero pocos días después se mudaron a la ciudad de La Plata, a la casa de la señora Astete, madre de Elsa Astete, que sería después esposa del escritor argentino Jorge Luis Borges. En 1925 instalaron casa propia en la calle 7, esquina 51. La Plata era una ciudad más humana y latina que la ya desaforada y europea Buenos Aires. A poco de llegar, Henríquez Ureña se relacionó con el filósofo socialista Alejandro Korn y el círculo formado por Ezequiel Martínez Estrada, José Luis Romero y Raimundo Lida. Tuvo discípulos fieles, como Enrique Anderson Imbert o Ernesto Sábato, pero también encontró hielos negros. «Varios profesores de la misma asignatura que él enseñaba», recuerda Rafael Alberto Arrieta, escritor y profesor universitario argentino, en Lejano ayer (Ediciones Culturales Argentinas, 1966), «mostraron cierto desapego hacia el nuevo colega: tal vez encono para el extranjero recién venido que había logrado una posición envidiable, no alcanzada por ellos en largos años de ejercicio docente». Ernesto Sábato, el autor argentino de Sobre héroes y tumbas que le debe el empujón inicial de su carrera como escritor (en 1940, después de haber leído un ensayo suyo sobre La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, Henríquez Ureña le pidió algo para publicar en la revista Sur, de Victoria Ocampo), recuerda en el prólogo del libro Pedro Henríquez Ureña (Ediciones Culturales Argentinas, 1967): «Vi por primera vez a Henríquez Ureña en 1924. Cursaba yo el primer año en el colegio secundario de la Universidad. Supimos que tendríamos como profesor a un “mexicano”. Así fue anunciado y así lo consideramos durante un tiempo. Arrieta recuerda con dolor la reticencia y la mezquindad con que varios de sus colegas recibieron al profesor dominicano. Esa mezquindad acompañó durante toda la vida a Henríquez Ureña, hasta el punto de que jamás llegó a ser profesor titular de ninguna de las facultades de Letras. Aquel humanista excelso, quizá único en el continente, hubo de viajar durante años y años entre Buenos Aires y La Plata con su portafolio cargado de deberes de chicos insignificantes, deberes que venían corregidos con minuciosa paciencia y con invariable honestidad en largas horas nocturnas que aquel maestro quitaba a los trabajos de creación humanística. “¿Por qué pierde tiempo en eso?”, le dije alguna vez, apenado al ver cómo pasaban sus años en tareas inferiores. Me miró con suave sonrisa y su reconvención llegó con pausada y levísima ironía: “Porque entre ellos puede haber un futuro escritor”. Y así murió un día de 1946: después de correr ese maldito tren, con su portafolio colmado, con sus libros. Todos de alguna manera somos culpables de aquella muerte prematura. Todos estamos en deuda con él».

Ezequiel Martínez Estrada, a quien Henríquez Ureña admiraba como escritor y que fuera su colega en el Colegio Nacional, escribió en el ensayo «Evocación iconomántica estrictamente personal»: «La frialdad que había encontrado en el ámbito docente no se templó. La presentación al cuerpo de profesores definió el status que habría de mantenerse hasta el fin: los que lo recibieron con reservas y los que con simpatías. Muchos aquellos y pocos estos. Hasta en los últimos tiempos, llegaba a la sala de profesores, colgaba su sombrero en la percha, después de saludar con leve reverencia, y se sentaba a proseguir la lectura de algún libro. El alumno a su vez lo acogió con igual prevención y puedo aseverar con hostilidad. Fue muy tarde cuando obtuvo el respeto del alumnado, aunque no la simpatía de los profesores».

En 1925 consiguió una cátedra en el Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González, en la ciudad de Buenos Aires. Comenzó a viajar cotidianamente entre las dos ciudades: una hora de ida, otra de vuelta, de la estación de La Plata a la estación porteña de Constitución. Las clases en Buenos Aires comenzaban alrededor de las seis de la tarde y terminaban hacia las nueve de la noche. Su sueldo en el Instituto del Profesorado era de ciento veintiséis pesos por mes. Por sus clases en el Colegio Nacional de La Plata ganaba setecientos dieciocho pesos. Debió ser arduo. Pero don Pedro Henríquez Ureña tenía dos hijas y una mujer. Sobre todo, don Pedro Henríquez Ureña tenía una mujer.

***

El ánimo de Isabel Lombardo desmejoraba. Vivía encerrada, no lo acompañaba a ninguna reunión. No se adaptaba a la ausencia de sus padres, de sus ocho hermanos. No toleraba la escasez de dinero, la modestia de un sueldo de profesor. Se decía, en La Plata, que la joven esposa de don Pedro Henríquez Ureña vivía llorando. «Aquí me tienes en la incertidumbre mayor de mi vida», le escribía Henríquez Ureña a su amigo Alfonso Reyes. «Lo que la pobre [Isabel] ha sufrido no tiene descripción. Todavía si no tuviéramos a Natacha, habríamos podido hacer vida de sociedad y de diversiones; pero como Natacha se roba todo el tiempo, cuando queremos divertirnos falta la ocasión y hasta el dinero. Por acompañar a Isabel y mitigar su soledad, he dejado de ir a Buenos Aires […] Como la veo triste, procuro acompañarla, y así me aíslo». Sin embargo, escribirá después, así como solo una mujer había podido ser su madre, sólo imaginaba una para ser su esposa. Y esa mujer era Isabel.

–Ella lo quería muchísimo pero hay que tomarle el tiempo a un intelectual.

Sonia Henríquez Ureña de Hlitto vive en una casona cercana a la estación de Constitución, dos pisos alrededor de un patio en sombras repleto de plantas colgantes. Llegó al mundo el 10 de abril de 1926, en La Plata, y su padre esperaba varón. Cuando dijeron mujer, se golpeó la frente y dijo: «¡Qué barbaridad! Lo siento…». Sonia tiene los modos suaves y mezclados, voz profunda, modismos mexicanos y acento de todas partes. En noviembre de 1946, apenas seis meses después de la muerte de Pedro Henríquez Ureña, Isabel Lombardo Toledano levantó casa y todo lo demás y se llevó a sus dos hijas a vivir a México. Natacha falleció, años después, en ese país. Sonia regresó a la Argentina en 1951. En 1952 se casó con el pintor argentino Alfredo Hlitto y fue su mujer hasta el día de su muerte.

–Mi madre era un poco desidiosa, no se esforzó en ponerse a la altura de mi padre. ¿Sabes lo que pasó con esta pobre señora? Era muy bonita, pero caprichosa. Pasó de vivir en México, en una familia rica, a vivir en La Plata. Estaba acostumbrada a cierta opulencia. Y mi padre nunca tuvo desahogo económico. Ella se encontró joven con una nena chiquita, y la otra en camino, un hombre formadísimo mayor que ella, y no pudo habituarse.

–¿Era buena madre?

–¿Y qué es una buena madre? Fue una madre. Plácida no, plácida no era. Con mi padre se llevaba medianamente bien. No era tan armónica la relación porque ella no se puso al paso de su vida. Siendo una mujer inteligente, y que lo quería, pero no se esforzó. Papá no tuvo una buena vida, fue una vida triste, dura. Pero si algo de bueno tengo, se lo debo a él.

Él anotaba en libretas pequeñas el peso de las nenas, sus ocurrencias. Le escribía a Alfonso Reyes: «Sonia se toca las mejillas y dice: “Durazno yo”». «Natacha siempre haciendo ultraísmo; apoya la cabeza en una mano y dice: “Me quiero cortar las orejas porque me molestan”». «Isabel mejora corporal y espiritualmente: ha ganado diez kilos en peso y en reposo. “¿Yo? Vivo”».

–Nos enseñó a bailar el vals, el minué, a gustar de la pintura. Nos decía: «Vamos a la ópera», y yo «Pero mañana tengo clases». «Esto es más importante». Volvíamos del teatro Colón cantando por la calle. Él tenía una hermosa voz de bajo. Nos llevaba a conferencias, a ver a Ortega y Gasset, o Lorca, y no entendíamos nada, claro. Nos recitaba poesía: «A ver si descubren de quién es». A la que descubría quién era el autor, diez centavos. Le gustaba mucho hacer vida social. Mi madre no lo acompañaba, iba con nosotras a casa de Victoria [Ocampo], de este, del otro. Pero mi madre nunca se negó a recibir en casa, con mozos de guante blanco y todo. Llegaban profesores y se asombraban, no entendían que viviera en ese tren, dedicándose a enseñar. El departamento estaba más tirando a lujoso que a normalito. A mí me dio mucha rabia después, al ver el esfuerzo que había hecho él para comprar esta mesita, aquella otra cosa… por qué, si se podía vivir de otra manera. Más modesta.

Por la calle pasan dos travestis, gritan. Sonia se ríe. Dice que por la noche los travestis hacen tanto barullo que en el barrio ya no pueden dormir ni los perros.

***

En la Argentina, Henríquez Ureña llevó un ritmo de asfixia. Daba clases, daba conferencias, publicaba en la Revista de Filología Española, en el diario La Nación, en la revista Martín Fierro. En 1927 escribió, con Narciso Binayán, un libro de uso en colegios primarios, El libro del idioma, y en 1928 Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Publicó antologías, escribió cartas, prologó, recomendó, investigó.

En Pedro Henríquez Ureña, apuntes para una biografía (Siglo Veintiuno, 1994), Sonia Henríquez Ureña, su autora, escribe: «Se queja de falta de tiempo, pero la verdad es que está metido en demasiadas cosas. A mí me quedó una enorme pesadumbre después de su muerte: pensé que nosotros habíamos vivido tan despreocupadamente, tan frívolamente, sin darnos cuenta de que todo el peso recaía tan solo en él. No sé si mi madre alcanzaba a tomar conciencia del enorme esfuerzo que hacía, en ese mundo en el que ella vivía, mitad en la realidad, mitad sumergida en las ensoñaciones de su infancia, llena de caprichos para las cosas materiales: debíamos haber vivido una vida más acorde con las entradas que él recibía».

Rafael Arrieta le sugirió que solicitara la suplencia de la cátedra de Literatura de Europa Septentrional en la Universidad de La Plata, de la que él mismo era titular. «Obtuvo ese cargo, dictó las clases reglamentarias, pero una resolución del Consejo Académico dispuso que solo podrían ser profesores titulares los argentinos nativos y extranjeros naturalizados. Henríquez Ureña creyó que la ordenanza le estaba dirigida: renunció», escribe Arrieta en Lejano ayer.

El 9 de marzo de 1930, don Pedro y su familia pusieron casa en Buenos Aires, en el cuarto piso de un departamento de la calle Ayacucho 890. En la planta baja del mismo edificio vivía un crítico de arte, Julio Rinaldini, y su mujer, Nieves Gonnet. A ese departamento Pedro Henríquez Ureña bajaría durante años, cada viernes a la hora del té, para una tertulia que no interrumpiría el ajetreo político de los días que estaban por llegar. Tres veces por semana viajaba a La Plata. Durante la hora que duraba el viaje corregía pruebas, leía, dormitaba, conversaba con otros profesores. En 1930 sumó otro trabajo, un puesto de secretario en el Instituto de Filología que dirigía el lingüista y crítico español Amado Alonso. Ganaba ciento setenta pesos por mes. En 1936 renunció al puesto por incompatibilidad con una cátedra de la uba, aunque seguiría colaborando con el instituto. Coriolano Alberini, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, no es un nombre que aparezca en las biografías de Ureña. De Alberini dependía por esos años la política interna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y necesitaba en cargos importantes a personas incondicionales. Ureña no daba el tipo. Jorge Luis Borges, en conversaciones radiales con el escritor argentino Osvaldo Ferrari, dijo: «Creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser, quizás, mestizo, el ser, ciertamente, judío. Él fue profesor adjunto de un señor de cuyo nombre no quiero acordarme, que no sabía absolutamente nada de la materia, y Henríquez Ureña que sabía muchísimo, tuvo que ser su adjunto porque, finalmente, era un mero extranjero y el otro, claro, tenía esa inestimable virtud de ser argentino». Fue profesor adjunto ad honorem de la cátedra de Literatura Iberoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la uba, desde 1936. El titular –al que quizás se refiere Borges– era el profesor Arturo Giménez Pastor. La contrapartida de tanto afán eran un par de hijas, ariscas a todo estudio.

–Siempre fui pésima alumna –dice Sonia–. Muy atrasada en el colegio. Me decía: «Bueno, hijita, tienes que hacer esto, después vas a estudiar cosas que te interesen». Terminé yendo a una escuela de monjas, él se resignó porque era el único sitio que me quedaba. Natacha también, fue buena alumna hasta mitad del bachillerato, y después, [cayó] en picada, porque empezó a tener muchos festejantes.

Javier Fernández, que dirigió la Biblioteca de la Universidad de la Plata hasta 2002, ronda los 80 años. En su escritorio hay un retrato del hombre que fue su profesor durante un año y a quien recordó toda la vida.

–Para mí era la sabiduría. Una vez me pidió que hablara sobre sor Juana Inés de la Cruz, y yo me indigné, porque mientras yo hablaba él iba leyendo otras cosas. Cuando terminé me dijo: «Usted no leyó tal cosa». Me quedé helado. Me dijo: «Siempre conviene agotar los temas». Después le pregunté cómo hacía para escuchar y leer al mismo tiempo, y me dijo que era natural, que él podía hacer las dos cosas. A su mujer la conocí muchos años más tarde. Era muy hermosa, y se encargaba de hacerlo notar. Le gustaba vivir bien.

Ana María Barrenechea fue alumna de Henríquez Ureña en el Instituto del Profesorado, y su discípula en el Instituto de Filología. Recuerda haberlo visto en reuniones, en casa de Amado Alonso.

–A esas reuniones iban muchos inmigrantes españoles, republicanos. Don Pedro podía ser muy divertido. Con la mujer de alguno de esos inmigrantes, cantaban zarzuelas. En esas reuniones lo vi con su mujer, pero no era una persona para él. Como las hijas tampoco lo fueron. Eran más frívolas. Yo no diría que pasaron penurias económicas, pero la mujer hubiera querido estar a la par de Amado Alonso. Como Amado Alonso pasaba vacaciones en Punta del Este, ella quería ir también. Él hacía un esfuerzo grande para cubrir los deseos de la señora.

Así, Henríquez Ureña sumó, a sus trabajos, clases en el Colegio Libre de Estudios Superiores, una institución privada que crearon Roberto Giusti y Alejandro Korn, pero sus ingresos más importantes seguían llegando por las quince horas semanales de clases en el colegio de La Plata, las seis horas en las dos cátedras del Instituto del Profesorado (Literatura Argentina y Americana) y su trabajo como secretario en el Instituto de Filología.

Ganaba, por mes, mil cuatrocientos sesenta y cinco pesos. Y, solo en julio de 1930, había gastado unos mil setecientos.

Los domingos iba a San Isidro, a reunirse con Victoria Ocampo y su grupo, pero su mujer, Isabel, no lo acompañaba.

–A mi madre el estilo de Victoria no le gustaba. No encajaba –dice Sonia.

A veces, Isabel tampoco encajaba con Pedro: «Isabel no creo que pueda ir pronto a Río: habrá que esperar a noviembre», le escribía Henríquez Ureña a su amigo Alfonso Reyes, por entonces en Brasil. «Pero no le digan nada en cartas: a ella hay que tratarla como niña, y lo mejor que pueden hacer los demás es darme siempre la razón, aún en los peores casos. Moralmente, es lo que a ella le conviene […] No está perfecta ni mucho menos –no se le quitan la pereza ni la indiferencia para el esfuerzo ajeno– pero no pelea, o más bien escoge de víctima a la niñera, que según ella gusta del papel de mártir resignada. En todo lo que se converse de nuestra vida íntima, ruego que se le diga a Isabel, siempre, que yo tengo razón en todo. Primero, porque tú sabes que es cierto; segundo, porque ese es el único modo de hacerle bien a ella. Hay que darse cuenta de que, si yo he llegado a ser duro, es porque han sobrado motivos. Si se quiere hacernos algún bien, hay que decirle a Isabel siempre que yo tengo razón; mis errores, solo a mí: cuando ella los diga, cállense».

Curiosos modos para un hombre plácido.

–Es que mi padre era muy contenido. Yo creo que debió haber tenido un carácter más de llamarada, pero él moldeó su carácter. La única vez que lo vi perder los estribos fue cuando alguien vino a casa y habló mal de los judíos. Golpeó la mesa con un puño y dijo: «En mi casa no permito que se hable de esa forma», y esa persona se tuvo que ir. Otro día nos reunió en el escritorio y nos dijo: «Hoy dije en clase que si algún alumno judío necesita refugio, las puertas de mi casa están abiertas para recibirlo». Nosotras preguntamos por qué, y él dijo: «Porque los judíos están siendo molestados».

Tenía un principio de úlcera que lo obligaba a comer liviano: pescado, avena con leche, pollo, puré. Después de cada comida, fumaba un cigarrillo. Trabajaba diez, once, doce horas por día.

–Mi padre trabajaba hasta en vacaciones. Íbamos a Miramar. Él se quedaba quince días con nosotras y después iba quince días a la casa de Victoria Ocampo, en Mar del Plata. Tenía su máquina y allí escribía. Había un gatito, y lo usaba de pisapapeles, el gatito se quedaba. No sé qué perseguía. Rendir lo máximo.

En 1931, Victoria Ocampo fundó la revista Sur. Allí, Pedro Henríquez Ureña publicó veintidós artículos e integró el consejo de redacción junto a Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Jules Supervielle, José Ortega y Gasset, Drieu La Rochelle Eduardo Mallea.

Y hay algo más. Un rumor que, de ser cierto, le daría a la historia un viso de tragedia griega, y tan inconfirmable como repetido entre quienes formaron parte del ambiente intelectual en la Argentina de entonces: todos dicen que todos decían que Isabel habría tenido trato íntimo con un amigo cercano de su esposo.

Pero nadie pone su firma al pie.

***

En 1931 lo tentó el espejismo de un amor engañoso. Fue el general. El mismísimo Trujillo.

Pedro Henríquez Ureña le había escrito a su hermano Max, por entonces superintendente general de Educación del gabinete del presidente Trujillo, recientemente electo en la República Dominicana, consultándolo acerca de cuál era la posibilidad de instalarse en Santo Domingo: «[en la Argentina] la camarilla que domina en las universidades, reforzada por el actual régimen, es enemiga del que trabaja, así es que mi avance ha sido estorbado sistemáticamente, salvo el resquicio, que no ha llegado a ser hueco, de la Universidad de La Plata».

Trujillo le ofreció la Superintendencia General de Educación. Su hermano Max pasaría a ser secretario de Estado. Don Pedro aceptó. Pidió licencia en sus cátedras argentinas y partieron todos, un día de 1931. La ilusión duró dos meses. El viso dictatorial que tomaba el gobierno de Trujillo lo alarmó. La ciudad había sido arrasada por un ciclón. La casa de su infancia, destruida. Envió a su mujer y sus hijas a México y de allí a París, a casa de su padre, Papancho. En junio de 1933 pidió licencia para ir a buscarlas. El día que subió al vapor Macorís en Puerto Plata cumplía 49 años. Quién sabe qué pensó aquel día Pedro Henríquez Ureña, mientras el barco se alejaba de la costa. Alguna cosa triste.

Nunca volvió a Santo Domingo.

***

De regreso, en Buenos Aires, hubo que poner casa, muebles y amistades nuevas. Los Henríquez Ureña se instalaron en un departamento de Barrio Norte, en Pueyrredón y Berutti, frente al Hospital Alemán, que Isabel puso bonito.

–Cuando regresamos –dice Sonia– lo vi preocupado. Empezar otra vez, sabiendo que Santo Domingo ya no era posible… Tuvo momentos críticos a lo largo de su vida, pero esto fue peor.

Su hermano Max llegó a Buenos Aires el 11 de abril de 1934 como ministro plenipotenciario de la República Dominicana, fiel funcionario de Trujillo.

–Mi padre y Max discutían mucho de política –dice Sonia–. Un día me dijo que le iba a decir a Max que no hablaran de política, para no discutir. Pero después ya no habló mucho de Santo Domingo. Creo que le dolía demasiado.

En 1934 la Academia Argentina de Letras lo designó académico correspondiente por la República Dominicana. En 1935 pasaron las vacaciones en la provincia de Córdoba. Estaba allí cuando el 6 de febrero le avisaron que su padre había muerto. Se encerró tres días con sus noches. No veía a su padre desde 1933.

–Lo mencionaba poco, pero lo quería mucho, aunque nunca tuvo ayuda de Papancho –dice Sonia–. Quería mucho a su padre, pero su pasión era su madre. Cuando recitaba algo, aunque yo no supiera que era de Salomé, me daba cuenta, por la emoción. Perdió a su madre tan pequeño y, al año de muerta, Papancho se casó y formó familia.

Se casó con Natividad Laurenson, que había cuidado a Salomé convaleciente en Puerto Plata. Tuvieron tres hijos: Eduardo, Rodolfo y Enrique.

Pedro los quería.

***

El Instituto Superior del Profesorado Secundario funcionaba en la calle Valentín Gómez 3163, a una cuadra del mercado de Abasto, hoy transformado en un enorme mall.

El Abasto es un barrio modesto con famas múltiples, algunas oscuras, discotecas rufianas, restaurantes peruanos anunciando ceviche a seis el kilo y un hotel de cuatro estrellas de una cadena internacional.

Es junio de 2002. Mediodía de lunes. En Valentín Gómez 3163 hoy funcionan el colegio secundario Bartolomé Mitre, durante el día, y el Juan José Paso por la noche. El edificio al que Henríquez Ureña acudió con puntualidad durante casi un cuarto de siglo tiene pintura descascarada y grafitis por el frente. Adentro, un patio techado con hierro y policarbonato. En las paredes del patio hay mensajes apurados –Sebas te amo, Muerte a la cumbia, Mariela forra–, carteles de cartón que anuncian una marcha en reclamo del boleto de tarifa estudiantil, y cientos de placas recordatorias de bronce. Ninguna recuerda el paso del Instituto, ni de Pedro Henríquez Ureña.

Y están las rejas. Para salir y entrar a la Secretaría hay que atravesar rejas. Para pasar de un piso a otro por escalera hay que atravesar rejas. Para entrar a los laboratorios de física y química hay que atravesar rejas.

–Por los robos –explica la secretaria–. Si ese profesor que vos decís ve esto, se muere. ¿Sureña me dijiste?

En la sala de profesores hay un pizarrón de fórmica y, en el pizarrón, una frase: «Para colaborar con la compra de jabón y papel para el baño, abonar un peso». Un mueble que probablemente lleve allí toda la vida, y cuyas cerraduras de bronce han sido arrancadas y reemplazadas por candados chinos, sirve para que los profesores guarden sus papeles. En la biblioteca, la bibliotecaria, Matilde, también está tras las rejas.

–Si no, me roban todos los libros –dice Matilde–. Vení, te voy a mostrar unos libros viejísimos.

Saca una llave del bolsillo. Abre un cajón. Del cajón saca otra llave. Camina hasta otro mueble. Abre una puerta. Regresa con un frasco que reza Agiolax: un laxante. Del frasco saca una multitud de llaves diminutas. Elige un par. Se acerca a uno de los muebles donde se guardan libros. Gira la llave. Y entonces la puerta se sale de sus goznes y se le cae encima.

–Ay, qué barbaridad –dice–. Así no dan ni ganas de trabajar.

Hacia 1945, el Instituto del Profesorado se trasladó de este edificio a un predio de casi una manzana –que el gobierno de entonces expropió a la escuela Goethe– en la calle José Hernández 2247, del barrio de Belgrano. Pero ese edificio ya no existe: hace nueve años devino barrio privado de varias torres que llevan por nombre los signos del Zodíaco. En el sitio exacto donde estaba la entrada hay una peluquería: Jáuregui Hairdresser Shop.

No quedan rastros físicos del paso del profesor dominicano.

Pero quedan otros.

***

María Teresa García tiene 78 años. Cuando Pedro Henríquez Ureña fue su profesor en el Instituto Superior del Profesorado, tenía 20.

–Él era una delicia. Un día en la clase le dije: «Doctor, tengo que hacer una pregunta». Y me dijo: «¿Usted vuelve con el tranvía para el centro?». Le dije: «Sí, doctor». «Bueno, después lo hablamos en el tranvía». Tuvo la delicadeza de explicarme una cosa simple, en el trayecto del tranvía. Amado Alonso, que también era profesor en el Instituto, me hubiera dicho: «Hija mía, busque en tal libro y lo va a encontrar». Había otros profesores a los que les teníamos miedo, pero íbamos con amor a las clases de Ureña. Pensábamos que la escuela secundaria lo arruinaba, lo cansaba. Pero él tenía una fuerte presión económica, familiar. Había que mantener a la familia.

Fanny Rubin, otra de sus alumnas de entonces, dice que sus clases eran deslumbrantes:

–Saltaba de un tema a otro, literatura y música, y Colón y Borges, era un despliegue maravilloso. Nos trataba como pares. Nos escuchaba. Era un caballero en el trato con sus alumnos. Le teníamos un enorme cariño. Pero yo creo que para él nosotros debíamos ser una carga muy grande. Porque no éramos estudiantes universitarios, éramos más bien secundarios. Creo que encontraba mucho placer en dar clases, pero lo debíamos defraudar.

Elsa Giusti, hija de Roberto Giusti, que llegó a ser el director del Instituto del Profesorado y amigo de Pedro Henríquez Ureña, cursó con él Literatura Americana, en tercer año.

–A veces se iban caminando con mi padre hasta la avenida Pueyrredón, y lo veía con ese andar cansino, el sombrero negro, el traje negro siempre. Uno nunca pensaba que se iba a morir tan pronto. A su mujer la conocí después, pero no era tan sencilla como don Pedro. Era un poco vox populi que ella no tenía mucho que ver con él. Recuerdo haber oído que era un poco así… ambiciosa.

Elsa Ruiz, alumna de la misma promoción, recuerda:

–Él era muy discreto, nunca hablaba de sí mismo. Era un poquito irónico y tenía un sentido del humor estupendo. Recuerdo que una vez estábamos leyendo Las églogas de Garcilaso. Y nos dijo: «El dulce lamentar de los pastores». Entonces hizo una pausa, y dijo: «Saben qué, ahora recuerdo algo que escribió un alumno. Voy a escribirlo en la pizarra, porque nadie lo puede creer», y el alumno o alumna había escrito: «El dulce lamen tarde los pastores». Bueno, no pudimos seguir la clase de la risa.

Nené Ahlbom, otra alumna, hasta hoy recuerda frases textuales:

–Tenía un modo delicioso de decir las cosas. A propósito de los consejos del viejo Vizcacha al Martín Fierro dijo que era «un ejemplo de la sabiduría perversa que a veces también tiene el pueblo». Una vez, dijo algo sobre sor Juana Inés de la Cruz, que por aquella época lo que separaba a la mujer del mundo no era el convento sino el matrimonio.

En 1936 don Pedro y familia estaban a punto de regresar de Miramar, cuando Sonia sintió un dolor fuerte en el costado. El médico del pueblo diagnosticó peritonitis, y operación inmediata. Las clases ya habían comenzado. En el legajo del Instituto del Profesorado Secundario que pertenece a Pedro Henríquez Ureña hay una hoja amarilla, fechada Miramar, 29 de febrero, 1936. La M de Miramar está corregida, repasada, crispada. El texto, dirigido al director del Instituto, dice así: «Habiendo sufrido el inesperado contratiempo de que una de mis niñas se enfermara de apendicitis y haya tenido que ser operada aquí en Miramar, me veo obligado a quedarme aquí unos días y no me será posible estar en Buenos Aires para los exámenes del día 3. Espero poder estar allí para los siguientes. Si no, le avisaré con tiempo». Hay más cartas, del día 2 de marzo, del 7 y del 9. En esas cartas cuenta que la operación de la hija se complica. Que él acompaña, pero no puede hacer nada. Mientras su hija está convaleciente, en cama, él camina por el campo, furioso, desesperado.

–No había ni clínica, ni sanatorio. Me operaron en un chalet, pero luego todo se complicó, yo empecé a tener mucha fiebre. Pobrecito, papá estaba aterrado. Supongo que el hecho de que su madre muriera siendo él tan chico lo marcó. Me contaba que apenas si le permitían comer, a Salomé; se sabía poco de la enfermedad en aquel tiempo. Era un padre maravilloso… las noches que hemos pasado en Miramar, y él explicándonos el cielo: esa es tal constelación, esa es tal otra. Venía en la noche, y me decía «pégame» y me señalaba la espalda. Yo le hacía masajes. Chacha chaca chaca. «Bueno, ya, me decía, ya está». Ya está.

***

En 1937, Jorge Luis Borges y Pedro Henríquez Ureña habían publicado juntos una Antología clásica de la literatura argentina. Borges recordaba: «Yo soy tan haragán y tan ineficaz, que Henríquez Ureña hizo todo el trabajo, y sin embargo él insistió en que yo cobrara lo que me tocaba de la venta del libro, lo cual era evidentemente injusto y yo se lo dije». En correspondencia con el cubano José Rodríguez Feo, Pedro Henríquez Ureña decía, hablando de Borges: «Cierto que es muy agudo. Pero ¡es tan caprichoso, tan arbitrario en sus juicios! […] De todos modos, harás bien en leer a Borges como maestro de idioma y de estilo, pero no creas la mitad de lo que dice».

En 1938 publicó Gramática castellana, escrita en colaboración con Amado Alonso, en la editorial fundada por Gonzalo Losada, un español que había renunciado a su trabajo en la sede argentina de la española Espasa Calpe –que respondía ahora a directivas franquistas– y montado editorial propia e invitado a Pedro Henríquez Ureña, Guillermo de Torre, Francisco Romero y Amado Alonso a ser parte del consejo editorial. Pedro Henríquez Ureña fue accionista, director y asesor desde 1938 hasta el día de su muerte. Eligió, prologó y corrigió cuarenta títulos de la colección Cien obras maestras de la literatura y el pensamiento universal. En 1939 publicó en Losada Plenitud de España, estudios de historia de la cultura. «A sus múltiples y pesadas tareas manuales –escribía Martínez Estrada en el ensayo mencionado–, agreguemos, pues, la de corrector de pruebas. Y nunca nada para él; siempre todo para la familia, a la que procuró darle, y le dio, un rango decoroso entre sus amistades».

Editorial Losada funcionó hasta 1941 en la calle Tacuarí 483. Desde 1942, en Alsina 1131. Mucho después de la muerte de Pedro Henríquez Ureña la editorial se mudó a la calle Moreno. Pero, hoy, nada recuerda el paso de Losada por las dos direcciones anteriores. Mabel Peremarti trabaja allí desde 1957.

–Isabel se ocupó de una forma un poco aislada de las cosas de don Pedro. Venía por la editorial después de la muerte de él, por los derechos de autor, a ver a don Gonzalo. Se decía que no eran una fusión muy lograda.

En 1947 Isabel comenzó a escribir a la editorial Losada reclamando derechos de autor, liquidaciones, pagos. Lamentaba sus necesidades económicas permanentes, pero explicaba que tenía que operarse, que sus hijas se casaban, que en fin. Su última carta a Gonzalo Losada es de 1969. Murió de cáncer en México, en 1970. Sonia la cuidó hasta el final.

–No. No recuerdo la fecha exacta de su muerte. Pero estuve allí.

***

A finales de 1940, Pedro Henríquez Ureña tomaba examen en el Instituto del Profesorado cuando le deslizó un sobre a su compañero de mesa, Rafael Arrieta, con una chispa de entusiasmo en cada ojo. Era una invitación de la Universidad de Harvard para ocupar la cátedra Charles Elliot Norton, que antes que él habían ocupado Albert Einstein e Igor Stravinsky. Él viajó y su familia se quedó sola en casa nueva: habían dejado la de Pueyrredón y Berutti, por otra en Uriburu y Junín. Durante su estadía en Harvard, escribió Literary Currents in Hispanic America, que sería traducido al castellano después de su muerte. Regresó a Buenos Aires en abril de 1941, y la familia en pleno se mudó al edificio de Ayacucho 890, donde ya habían vivido.

–No lo veíamos demasiado porque estaba de un lado para otro –dice Sonia–. Pero era protector, una persona en la que uno podía refugiarse. Contarle un problema y confiar. Con mi madre la relación era otra. Íbamos al sastre a hacernos tapaditos de terciopelo, marrones. Horrendos. Ella hacía lo imposible para que nos viéramos de la peor manera. Pero bueno, correctitas. Y nosotras éramos horrendas. Éramos bien feas. Después, más jóvenes, nos pusimos mejor y tuvimos muchos festejantes.

Un joven estudiante de Filosofía, Adolfo Ruiz Díaz, que llegó a la casa invitado por Sonia, recuerda, en un artículo llamado «Gratitud a Henríquez Ureña», incluido en el número 355 de la revista Sur, el día que conoció su biblioteca: «No sé cómo imaginará la gente la biblioteca de Henríquez Ureña. Probablemente inmensa, ordenada, dócil a la consulta. Lamento desmentir este error optimista. Henríquez Ureña trabajaba en un cuartito donde era casi imposible encontrar un lugar vacío. Libros y papeles sobre la mesa, sobre las sillas, sobre un sillón. Comprendí que era cierto lo que había oído, que jamás pudo traer su biblioteca a Buenos Aires. Henríquez Ureña jamás contó con los medios de trabajo que su altura intelectual requería».

La situación política en la Argentina no era fácil. En junio de 1943 un golpe militar había derrocado al gobierno civil de Ramón Castillo, y Pedro Henríquez Ureña, que sabía de dictaduras, empezó a preocuparse por la tendencia derechista que comenzaba a instalarse en el ámbito educativo. Nicolás Bratosevich, uno de sus alumnos, recuerda que en ese momento asumió la dirección del Instituto un hombre de apellido Genta, de tendencia derechista. El día en que asumió, ni los hermanos María Rosa y Raimundo Lida, ni Henríquez Ureña, ni Amado Alonso asistieron al acto.

–Hubo por parte de los alumnos una gran resistencia cuando ingresó el ambiente de derecha nacionalista para regir el instituto –dice Nicolás Bratosevich–. Ureña era un reconocido hombre de antiderecha. Los tejemanejes de la política universitaria le impidieron ser un profesor reconocido en la universidad.

En 1944, la figura del general Juan Domingo Perón ya pesaba en el horizonte político. El profesor Luis Alberto Sánchez, que conocía a Henríquez Ureña desde 1936, lo vio por última vez en 1943: «Pedro estaba enflaquecido y pálido. Trabajaba como galeote, corrigiendo pruebas de sus ediciones, redactando prólogos, haciendo notas, dictando clases, participando en debates como si tuviera 30 años. Al despedirme de él, junto al ascensor de su casa, le pregunté si se sentía mal. «¿Me nota algo?», me preguntó. Asentí. Entonces me dijo, como quien confiesa algo inconfesable: «La verdad es que hace algún tiempo que no me siento bien». Se llevó la mano al corazón y agregó: «Éste tiene sus picardías». Y, muy bajito: «Pero es un secreto entre usted y yo».

–Cuando estaba el gobierno Perón –recuerda su alumna Nené Ahlbom– dijo de pronto, en una clase: «Bueno, no hay que desesperar. Aquellos fueron treinta años de dictadura, y aquí van solo treinta días». Nosotros levantamos la cabeza y lo miramos. «El gobierno de Porfirio Díaz fue una dictadura de treinta años. Ya ven ustedes. No hay que desesperar».

El 6 de abril de 1946, Pedro Henríquez Ureña escribió una carta al profesor chileno Franco Ornes: «Mi posición aquí no es muy segura; a lo mejor me quitan mis puestos y tal vez tenga que irme a México».

–Le tocó un momento trágico –dice Sonia–. Él decía que Perón era fascista. Había listas de profesores que podían quedar cesantes, y el nombre de mi padre figuraba entre ellos. Natacha y yo estábamos metidas hasta el cuello. Íbamos a reuniones, meetings. Teníamos tendencia izquierdosa. Mi padre estaba de acuerdo, a pesar de que nunca tuvo militancia por ser extranjero. La preocupación suya era dónde iba ahora: a Santo Domingo no podía volver, de México le quedaban heridas. Estaba muy deprimido. A veces se iba a dormir a la embajada, con Max, porque se decía que lo iban a venir a buscar a él. En el verano de 1946 nos fuimos a Uruguay, a Punta del Este, pero él se quedó. Ya no estaba bien. Yo presentí algo.

Cuando regresaron de Uruguay lo vieron desmejorado. Él consultó a un médico.

–Pero nos dijo que lo había encontrado espléndido. Que no tenía nada.

***

Salvo su viaje cotidiano a La Plata, y su trabajo en editorial Losada (cuyas oficinas a su vez estaban a pocas cuadras de la estación Constitución), el ámbito de trabajo de Pedro Henríquez Ureña era un radio chico, unas veinte cuadras en torno de su casa. La Facultad de Filosofía y Letras, el Instituto de Filología, la Asociación Amigos del Arte donde daba conferencias, la librería Viau donde se reunía con otros escritores, el diario La Nación, la redacción de Sur: todo distaba una o dos cuadras entre sí.

En la esquina de Viamonte y Reconquista, donde ahora funciona el rectorado de la Universidad de Buenos Aires, estaba la Facultad de Letras. A pocos metros, sobre Reconquista 575, el Instituto de Filología. El edificio –ocupado por compañías navieras, operadores de bolsa, hombres de portafolios severos, trajes italianos– conserva su señorío, pero ninguna memoria del pasado. En la planta baja una óptica sofisticada ofrece gafas de Armani y Dolce & Gabanna. A una cuadra, en Viamonte 494, esquina San Martín, hay una placa: es terreno de la olímpica Victoria, el edificio donde funcionaba Sur, frente al convento de Santa Catalina. Pero la oficina que ocupó la revista Sur está alquilada y el portero dice que no: que no se puede pasar.

Y, finalmente, la librería Viau, el sitio en el que Henríquez Ureña pasó la última noche de su vida, es el fantasma más oculto de la zona. Todos saben que estuvo por ahí, nadie recuerda exactamente dónde.

Son las seis de la tarde de un viernes de julio. En la calle Florida los vendedores de todo por dos pesos y ropa de cuero se entreveran con los chicos que piden la moneda que sobre.

Un anuncio de la revista Sur, de 1937, dice así: «Librería Viau, Domingo Viau y Compañía, libros antiguos, modernos y de lujo, obras y objetos de arte, Florida 530». Al 530 de Florida no le ha quedado ni el número. Entre un local –ahora desocupado– que supo ser oficina de la empresa Telefónica, y una librería grande, nueva, de la cadena llamada Distal, hay un local estrecho, sin puertas. Las paredes, espejadas desde el piso hasta el techo, están tapizadas de hileras de anteojos: ninguno cuesta más de cuatro dólares. Una rubia de labios turbios dice que sí, que ese es el 530, que pregunte al lado que a lo mejor conocen a ese, cómo me dijo, Enrique Sureña.

Viau fue una de las librerías más exquisitas de Buenos Aires. Alfombra, vidrieras bombé, silencio acolchado. La noche del viernes 10 de mayo de 1946 Pedro Henríquez Ureña bajó los dos o tres peldaños que separaban a la librería de la vereda y se encontró, allí, con todos los que formaban el jurado del Club del Libro del Mes: Ángel Battistesa, Enrique Amorim, Jorge Luis Borges, Ezequiel Martínez Estrada, Adolfo Bioy Casares. Martínez Estrada lo vio fatigado: «Se sentó frente a una estantería como si meditara. Nuestro último diálogo fue éste: «¿No se encuentra bien?». «No», respondió–, no estoy bien, pero ha pasado». «Voy a hojear unos libros». «¿Lo acompaño a su casa?». «No, ya estoy repuesto».

Esa mañana, porque se sentía mal, no había viajado a La Plata a dar sus clases.

–Yo estuve con él unos días antes de su muerte –dice Javier Fernández–. Me dijo algo así como que vivía despidiéndose «de obras que no puedo terminar, y no sé si es solo por falta de tiempo».

Adolfo Ruiz Díaz recuerda haberlo cruzado en la sala de profesores del Instituto en mayo de 1946. «Lo noté fatigado, desganado. Lo atribuí a la preocupación que nos llegaba a todos por la situación universitaria. Me había enterado de que, como muchos colegas, estaba señalado entre los probables candidatos a una cesantía sin explicaciones».

Juan Domingo Perón era presidente desde febrero de 1946.

***

El día en que Henríquez Ureña iba a morir era sábado.

Por la mañana pasó por la editorial y Gonzalo Losada, que daba un almuerzo para colaboradores en el restaurante de la tienda Harrod’s, le pidió que lo acompañara, pero declinó la invitación. No podía faltar otra vez al colegio de La Plata.

La estación de trenes de Constitución queda a pocas cuadras –unas quince– de Alsina 1131, dirección que ocupaba Losada por entonces, pero él llegó con el tiempo justo. El tren del mediodía estaba por partir. El profesor Augusto Cortina lo vio aparecer por el pasillo del vagón. Reconoció enseguida la tez oscura, la sonrisa amable de Henríquez Ureña que se quitó el sombrero, lo apoyó sobre la repisa del tren, miró a Cortina y le preguntó:

–¿Quiere que coloque el suyo?

Entonces se derrumbó sobre el asiento.

Era un día espléndido de sol.

En la casa de Ayacucho 890, Sonia, Natacha e Isabel almorzaban.

En Harrod’s, Losada levantaba su copa.

En el tren, la cabeza de Pedro Henríquez Ureña caía sobre su pecho y Cortina pensó que estaba dormido. Entonces, escuchó el estertor y vio que no era sueñera, sino los cuernos de la muerte. El tren estaba en marcha: pasaban entre las casas anodinas del suburbio de Avellaneda. «¡Un médico!», gritó Cortina, y la gente se agolpó. El tren se detuvo en la estación Avellaneda, la primera después de Constitución. Lo llevaron al hospital, ya muerto. Embolia cerebral, síncope, ataque cardíaco: los diagnósticos difieren. Sonia, años después, se cruzó con alguien que le dijo haber sido director del hospital por entonces.

–Me dijo que había impedido que le hicieran la autopsia. «A don Pedro Henríquez Ureña no se lo toca», dice que dijo, porque él sabía quién era.

Cortina corrió. Hizo dos llamadas telefónicas. Una a casa de Ezequiel Martínez Estrada, donde atendió su mujer: su marido estaba almorzando en Harrod’s, con Gonzalo Losada. Cortina le pidió que lo llamara para avisarle. La otra, a casa de Henríquez Ureña, para pedir el número telefónico de Max. Atendió Isabel.

Quince minutos más tarde, en Harrod’s, Gonzalo Losada alzaba la voz: «Tengo esta triste noticia que darles: nuestro querido amigo y compañero, Pedro Henríquez Ureña, ha fallecido». En el departamento de Ayacucho, Isabel escuchaba a Max, y daba un grito.

Fueron las tres al hospital y lo vieron muerto, en una camilla, por primera vez. Max ofreció la embajada, pero quisieron velarlo en casa. De a poco la noticia empezó a expandirse. En el departamento de Elsa Ruiz, una de sus alumnas, sonó el teléfono.

–Era Fanny Rubin, mi compañera. Yo tenía 18 años, había ido a un solo velorio en mi vida, y Fanny me dijo: «Murió Henríquez Ureña». Fuimos. Me dio la impresión de que el departamento era muy grande. Nadie tenía ánimo para nada, y entre los alumnos hicimos un grupito porque no conocíamos a nadie y además nos daba pudor, porque estaban todos. Sábato, Borges, Martínez Estada.

Sonia hizo que retiraran las coronas que habían enviado las monjas del colegio donde ella había estudiado.

–Mi padre no tenía creencias religiosas, entonces yo dije no, esto no.

Después, escuchó que Max evaluaba dónde enterrarlo.

–Algunos meses antes nos había dicho que había pasado por una escribanía, y había firmado su voluntad de ser cremado. Les dije que iban a encontrar el papel con su última voluntad en el escritorio.

El domingo 12 de mayo el diario La Nación publicaba un artículo firmado por Max Henríquez Ureña en la sección Artes y Letras. El artículo versaba sobre el filósofo mexicano Antonio Caso. En la tercera página una nota –entre otras que anunciaban importante resolución sobre la venta de ganado y exitosa apertura de exposición de aves y conejos– decía: «Ha de conmover hondamente a nuestros círculos intelectuales la noticia del fallecimiento del Dr. Pedro Henríquez Ureña, ocurrido ayer en forma repentina». Una semana después, el domingo 19 de mayo, la sección Artes y Letras del diario no publicaba ninguna nota recordando la muerte de quien había sido su colaborador durante años. Sin embargo, ese día aparecía un artículo firmado por su amigo, José Luis Romero. Se titula «El profeta y su tierra», y comienza con un versículo de San Marcos: «No hay profeta deshonrado sino en su tierra, y entre sus parientes y en su casa». No menciona, ni antes ni después, a Henríquez Ureña.

El lunes 13 de mayo estaba nublado. El cortejo fúnebre partió hacia el cementerio de la Chacarita. No fueron ni Sonia, ni Natacha, ni Isabel.

–Estábamos destrozadas. Yo estuve desmayándome meses.

Fueron Borges, Rinaldini, Giusti, Arrieta, Martínez Estrada. Hablaron algunos, en representación de diversas cosas: del Colegio Libre de Estudios Superiores, de la Sociedad Argentina de Escritores, del Instituto de Filología, del Instituto Superior del Profesorado. Martínez Estrada, por el llanto, no pudo terminar su discurso. Giusti descargó una andanada valiente sobre la burocracia que le había impedido ser profesor titular de cátedras universitarias. Sara Crespo recuerda las palabras de Max.

–Me llamó la atención. No diría que fue frío, pero… habló en nombre del Gobierno de República Dominicana, y la verdad es que me asombró que pudiera decir algo, cuando estaba todo el mundo demudado.

El martes 13 de mayo de 1946 sus alumnos del Instituto Superior del Profesorado rindieron el examen final, que los transformaba en profesores. Algunos se tomaron una foto en las barrancas de Belgrano, cerca del Instituto: Elsa Ruiz, Enrique Pezzoni, Fanny Rubin, María Teresa García, Nicolás Bratosevich. Una de las chicas escribió, en el reverso de una de las copias: «Nos recibimos. 13 de mayo de 1946. A dos días de la muerte de Pedro Henríquez Ureña».

El 15 de mayo, Arnaldo Orfila Reynal, José Luis Romero y Max asistieron a la cremación del cuerpo. Orfila Reynal vio las columnas de humo y pensó que ese era, ahora sí, el fin de una gran amistad.

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