La sanción social

La sanción social

Guido Gómez Mazara.

Guido Gómez Mazara.

HOY

Cuentan que Miguel Ángel detalló en la proximidad de su más hermosa escultura, la frase lapidaria de: “Oh, no me despiertes porque es exquisito dormir cuando todo lo que nos circunda es ruina y vergüenza”. Así se retrataba una época, y a la vez, el genio creador se ejercitaba en el desprecio de un entorno incapaz de saltar del lodo y la podredumbre.
Desde siempre, la sanción social y afán por despreciar el régimen de desenfrenos encuentra exponentes excelsos que intentan levantarse ante tantas canalladas. De contrapeso, están los que apuestan a legitimar el desorden como norma de conducta que, en la medida que se generaliza, derrota todo intento de adecentamiento de las reglas sociales.
Muros éticos se levantan, atados a la religiosidad, aspectos ideológicos y sentido de compromiso social en constante disputa por el afán de acumulación y sus exponentes que tratan de imponer, en amplísimos segmentos, la idea de que lo único que importa es el dinero. Y el marcado interés por asociar el éxito a la acumulación, marca un molde que tiene a tantos ciudadanos sometidos al dilema de hacer del crecimiento patrimonial su carta de presentación triunfal.
Los dominicanos, salvo reconocidas excepciones, matizaron con posterioridad al ajusticiamiento del dictador Trujillo un síndrome de asociar la práctica política como trampolín ideal para ascender socialmente, haciendo del puesto congresional, la designación ministerial y suplirle al gobierno mecanismos de movilidad y fuente de incremento de sus finanzas personales. Construido en lo profundo del alma nacional está la idea de que “las oportunidades” deben ser aprovechadas, y tal concepción se traduce en conductas administrativas que han sido cuestionadas más allá del ordenamiento jurídico.
Desde que ex mandatarios, políticos de primer orden y banqueros fueron conducidos al banquillo de los acusados, se construyó la idea de que nadie podía colocarse por encima de la ley y el orden. En todo el mundo, el instinto de preservación provocó una alteración de las reglas de perseguir sin importar las jerarquías para darle marcha atrás a los deseos justicieros que comenzaron a reducir su intensidad en la medida que el ministerio público ponía en aprietos a los considerados inalcanzables. Inclusive, una apertura de tolerancia habilitó retornos inexplicables frente a gente desalojada del poder que regresaba, y en la medida que sus electores le premiaban, uno se preguntaba por la naturaleza racional de las masas.
Los afanes justicieros se trasladaron a la jurisdicción de una sociedad civil sumamente activa que, en el marco de su desempeño institucional, despojó toda acción persecutoria del anhelo vengador de los que llegaban liquidando a los que salían de la función pública. Ahora, que una empresa trasnacional organizó un esquema de corrupción en casi todo el continente se llega a la conclusión de que nuestra clase partidaria no está en capacidad de allanar los caminos que le conduzcan hacia la estructuración de un sentido de los límites en sus actuaciones. Por el contrario, las delaciones premiadas y la admisión de responsabilidades nos conducen a pensar que sólo el fortalecimiento del aparato judicial, haciéndolo auténticamente independiente establece las bases de sanciones serias y ejemplarizadoras. Así ganamos todos!
Es innegable que existen distancias entre la fortaleza de nuestras instituciones y la enorme capacidad de burlar el alcance de las persecuciones revestidas de sed justiciera. Siempre están aptos para la mofa. No obstante, cada día crece la repulsa social y la condena ciudadana alrededor de gente que el juicio y ojo público no llega a entender sus fortunas y estilos opulentos.

Hasta que lleguen los instrumentos creíbles, la sanción social seguirá siendo la modalidad de condena cívica por excelencia. Además, el mensaje se torna efectivo: no importan los tecnicismos procesales, archivos, campañas mediáticas y plumas de alquiler, en el seno del pueblo ya están condenados.

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