El PLD en su laberinto

El PLD en su laberinto

Guido Gómez Mazara.

Guido Gómez Mazara.

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Podrían lucir inconexos entre sí, pero tres acontecimientos marcan el ritmo de un partido que difícilmente vuelva a ser como en sus orígenes. La victoria del sector Leonelista sobre Danilo Medina en el año 2007, el componente de Quirino Ernesto Paulino y los encartados morados en el proceso Odebrecht. Así se pauta un juego de poder, verdades, mentiras, venganzas, cerco y aniquilamiento que sólo afila los cuchillos en las batallas por venir. Y la desgracia es que, recreando las luchas intra-partidarias de los 80 en el partido blanco, los adversarios internos en el PLD prefieren perder un ojo, para dejar ciego al compañero-contrincante.
Era previsible una erosión porque la constante histórica en el país nos remite a la vieja lógica de cercenar al relevo, postergar sus posibilidades y mostrar un menosprecio que termina siendo el néctar del odio político. Lo hizo Juan Bosch contra Buenaventura Sánchez, y hasta la razón de ser del Movimiento Nacional de la Juventud (MNJ), que en el orden práctico, contribuyó con fastidiar al arquitecto del reformismo en 1966 y potencial sustituto: Augusto Lora. Además, los momentos amargos de Fernando Álvarez, Jacinto Peynado, Rafael Albuquerque, Jacobo Majluta y Milagros Ortíz, retratan la dureza de presidentes y/o líderes no muy complacientes en ceder espacios de poder. ¿Acaso Danilo Medina no sintió la ruindad y desconsideración que explican la rudeza de sus actuaciones?
Con tantas historietas y golpes bajos, el partido morado tiene en su vientre la sangre de sus futuras desgracias. Eso sí, que nadie crea que las actuales perturbaciones implican la derrota electoral inmediata debido a que, no importa el candidato oficial en el año 2020, resulta fundamental su preservación y disfrute del presupuesto nacional, ya que fuera del gobierno, la ira acumulada se construiría alrededor de procesos judiciales estimulados por clanes locales, en coordinación con estamentos extranjeros, sedientos de desplazarlos y de una no disimulada sed de aniquilarlos políticamente.
El PLD tiene la “suerte” de “disfrutar” una oposición desprovista del talento y las agallas indispensables. Por eso, la estructuración del blindaje judicial dejó la protesta ciudadana y segmentos de la sociedad civil con la autoridad moral de derrotar fuera de los tribunales, las complicidades y entendimientos que dificultan la sanción formal de la corrupción. Además, en la estrategia hegemónica desarrollada desde el 2004, una amplísima franja de los partidos se mueven entre el acceso a la nómina pública, negocios en el Estado y pasivos cuestionamientos al oficialismo. De ahí que, la actual situación del partido de gobierno exhibe niveles de favorabilidad, bajo la prédica de que la insatisfacción, no se percibe como receptora de votos para una fuerza electoral especial debido a la fatal vocación fragmentaria de la cultura opositora.
Lo que posibilita al PLD con miras al futuro es la dificultad de otear en el panorama, el candidato, fuerzas compactadas y conexión de la candidatura contraria al oficialismo con sectores de clase media, alta, urbanos, jóvenes, mujeres, pobres y grupos económicos. En el interregno, Odebrecht será la fuente de mayor perturbación y descalificación política porque las manos impulsoras no pueden controlarse en el ámbito local, evocar el episodio de Quirino revela los excesos y perversidades de la lucha interna y la famosa frase de “me venció el Estado” no deja espacios para entender pellizcos y cercos en capacidad de hacer de público conocimiento miserias conocidas en el exclusivo comité político.
El partido de gobierno está en dificultades, no muerto. Y es que las fuerzas sociales que le sirven de sustento no renuncian con tanta facilidad a los beneficios que se derivan del control del aparato estatal. Sin embargo, las dificultades en co-habitar de sus líderes retrata una de las tantas fatalidades de la cultura política nuestra: preservarse uno, para aniquilar el otro.

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