Neuroeducación y la crisis mundial de la educación

Neuroeducación y la crisis mundial de la educación

CARLISLE GONZÁLEZ TAPIA
HOY
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Hay una crisis financiera mundial. Cierto. Pero antes de esta crisis, ha habido otra que se agudiza cada vez más: la crisis de la educación, que no hacía ni hace tanto ruido, pero que si nos fijamos bien es más importante porque a largo plazo produce efectos humanos más devastadores y, por su complejidad, es mucho más difícil de solucionar. Sí. Hemos estado viviendo una fuerte “crisis mundial de la educación”.
La educación, a escala planetaria y a partir de la década de los sesenta, inició su lento proceso de “empobrecimiento”, llamada también “miseria de la educación”, y en las últimas dos décadas la agudización del deterioro se ha globalizado de tal manera que se encuentra en una profunda y generalizada crisis. Muy pocos hablan de ella porque no causa, en lo inmediato, el pánico que sí provoca la crisis financiera.
Diferencia: una funciona a cortísimo plazo, la crisis financiera, y la otra, la crisis educativa, opera a largo plazo. De ahí el silencio cómplice de las voces que no se oyen.
En un artículo periodístico, Moisés Naim (2008), nos pone en alerta con algunos datos y varios razonamientos. Nos dice este articulista de El País que desde que reventó la crisis financiera mundial en las mismas entrañas del monstruo, solo se oye hablar de dinero: bancarrotas, rescates financieros y pérdidas bursátiles, y que es sano cambiar de tema e invita a que hablemos de la otra crisis mundial, que produce tantas consecuencias como la crisis financiera: la crisis mundial de la educación.
Existe la convicción generalizada de que el sistema educativo, en todas partes, es “inaceptablemente defectuoso” y se ha tomado como ejemplo nada más y nada menos que a Estados Unidos, el país más desarrollado y más rico del universo. Los datos estadísticos que ofrece Naim son los siguientes: En Estados Unidos, entre 1980 y 2005 (25 años) el gasto público por estudiante de Primaria y Secundaria aumentó un 73% y de manera proporcional también el número de docentes. Esto redujo drásticamente el número de alumnos por aula. También hubo varios experimentos con todo tipo de iniciativas que tendieran a mejorar la enseñanza, pero lo sorprendente es que nada funcionó en forma positiva. Los resultados de las evaluaciones, al concluir el período de este cuarto de siglo, demostraron que no hubo mejoría: las calificaciones de lectura de los alumnos de 9, 13 y 17 años en 2005 fueron las mismas que en 1980, y en matemáticas hubo un cambio positivo tan ridículo que ni siquiera se cuantificó.
“Nuestras escuelas están quebradas, son defectuosas y obsoletas… Solo un tercio de quienes se gradúan de las escuelas secundarias están preparados para ser ciudadanos, trabajadores o universitarios”, fueron las palabras del magnate Bill Gates en una conferencia dirigida a los gobernadores estadales, y concluyó diciendo que, como estadounidense, se sentía “aterrado y avergonzado”.
Afirma Naim que si esto ocurre en los países más desarrollados, en los menos desarrollados la educación es un desastre. Y termina su exposición con el siguiente vaticinio:
“La crisis de la educación de la que en estos días hablamos tan poco es tan grave como la crisis financiera de la que no dejamos de hablar. Encontrar soluciones a la crisis educativa es tan importante como salir de esta crisis financiera. Pero, mientras encontramos soluciones a la educación, solo nos queda rogar que las soluciones a la crisis financiera sean más eficaces que la que el mundo le ha dado a su crisis educativa”.
Pero resulta que no se trata de un autor ni de este momento. Son muchos los voceros que han estado denunciando esta realidad y son muchas las décadas durante las cuales, sistemáticamente, desde muy diferentes foros, esta denuncia, como un grito de impotencia, se mantiene en alarma permanente. Hay demasiada evidencia de esta crisis planetaria como para que los Gobiernos de los Estados de los distintos Países del mundo continúen ignorando esta realidad que estanca el desarrollo, el progreso y el bienestar de los seres humanos, tanto como para no cumplir con los compromisos internacionales que por vergüenza asumen y que, contradictoriamente, luego no tienen la suficiente vergüenza para afrontar las implicaciones de su firma y se desentienden de ellos.

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